CRÉMER CONTRA CRÉMER
El problema de España
CUANDO LOS ESPAÑOLITOS madre nos guarde Dios, nos echamos al campo para hablar de los problemas de España, es que se nos va el tiempo en un soplo y al final del debate (porque ahora todo se redime mediante un debate en la televisión, participado principalmente por bellas y preparadísimas señoras sabedora de los muchos misterios de la política; pues quería decir que cuando mencionamos el término de «Problemas de España», nos estamos refiriendo siempre a uno: el último. Por lo tanto si aseguramos que el verdadero problema de España es la inmigración, o el abominable juego económico que nos tiene agarrotados, o la dificultad de encontrar solución al conflicto de la escuela para todos, estamos bordeando el ancho río de las turbias aguas que pasan por delante de nosotros. Y para no dejarnos arrebatar, nos quedamos con el último de la serie. Por ejemplo: la fenomenal batalla dialéctica levantada entre los capitanes de los principales bandos políticos, sobre esto y aquello y lo de más allá. Está perfectamente demostrado que ente los unos y los otros (y no digo nombres no sea que la versión me salga rana y la fastidie), no habrá paz. Ni la paz de los valientes, ni la paz de los sepulcros. Sencillamente, ambos bandos se han declarado guerra a muerte, hasta que la política les separe, y hasta entonces los pacientes españolitos, madre, seguiremos confiando en que llegará un momento en el cual, cansados los grupos formados en plan de batalla se cansen de la pólvora, abandonen las armas, firmen la paz y nos permitan a los contribuyentes dedicar nuestras preocupaciones a cosas, a problemas verdaderamente importantes. Me refiero, con perdón, al desafío a sable que están riñendo los unos y los otros, sin que haya sido anunciado el encuentro o desafío para general conocimiento. Dicen los unos: «Esto parece usted, señor diputado: un patriota de hojalata». Y no habían acabado de caer las palabras al suelo y ya estaba la réplica flotando como un zeppelín de los alemanes de la guerra del catorce: «Allá usted, señor diputado, si la parezco un patriota de hojalata, pero a mí me parece que para España es mucho más peligroso un bobo solemne». Dicho lo cual, se hizo el silencio y sonaron las campanas. Se escuchó con la natural alarma el ruido de los sables y los más perspicaces detectives del mundo se pusieron a buscar a los autores de tan tremendos insultos, absolutamente inconstitucionales. No fue posible dar con ellos. Cuando se interrogó a quienes parecían testigos del desafío, éstos, los presuntos testigos, aseguraron que no sabían qué es lo que ambos señores diputados habían querido decir y ni en sueños habían descubierto quiénes eran los referentes de tales y cuales insultos. Como en el caso del asesinato de las niñas de Asunción, de lo cual nada se supo nunca, en esta ocasión, pasarán los años, los siglos, las generaciones y no llegaremos a saber con certeza quién dijo una cosa y quién dijo la otra. ¿No sería mejor que se callaran ambos y dedicaran sus muchos talentos a intentar al menos arreglar los múltiples conflictos que se le plantean al ciudadano medio, amenazado en quedar en medio ciudadano, en lugar de andar insultándose los unos a los otros y los otros a los unos, mientras los precios suben y suben y suben? Uno, la verdad sea dicha para general conocimiento, es hombre de paz y piensa que no es mediante el uso y el abuso del insulto como se arreglan las cuestiones. Y ya de paso y tal vez como sugestión válida para ser aplicada en este tiempo de la Navidad ¿por qué no revisan los unos y los otros la composición de sus batallones? ¿No estará el peligro verdadero en tantísimo cantamañanas como les hacen el coro?