CRÉMER CONTRA CRÉMER
José Ledesma Criado
CUANDO MUERE UN poeta, siento que algo que va conmigo se muere también. En lugar de inclinarme sobre el mármol que le recubre y depositar esas flores inevitables con los que intentamos expresar nuestro sentimiento, sacamos del cofre de la memoria versos, que vienen a ser como la oración laica de los muy creyentes. Porque los poetas creen en la inmortalidad y abandonan los viejos vestidos para rescatar los versos que fueron un día unánime expresión del alma en estado de gracia. Y en estado de gracia murió José Ledesma Criado, el poeta que hizo de Salamanca -tierra noble, tierra franca- el lugar adecuado para vigilar su eternidad. La tierra se hizo carne. Y aquí de la poesía que sirve para acompañar al recuerdo: «Y sin embargo, qué real la tierra y qué mansa la tierra que tiene por almohada esta tumba de olvido en el pinar de la persecución...» José Ledesma Criado había cumplido honradamente su compromiso con el mundo, poblado de seres humanos: Escribió libros, plantó árboles y le dio hijos al futuro. Misión cumplida. Ya solamente nos queda a quienes le conocimos, la estampa gallarda y generosa de su figura y de su palabra, cedida para la paz de los vivos y de los muertos. Ledesma Criado era uno de esos poetas «de la secreta» a los que apelaba el autor de «El Cementerio Marino», que escribió siempre para la inmensa minoría ansiosa de pan, de justicia y de poesía. Y desde aquella enamorada alameda de «Álamos tardíos» no solamente escribió él sus mensajerías sino que abrió puertas a quienes llegaban, jóvenes y poderosos, intentando conquistar el mundo, sin querer enterarse de que el mundo, estos mundos nuestros de cada día, ya no les hacen los poetas, sino los regentes administrativos de la prosa. Ledesma, envuelto en su capa de romántico fin de siglo, acudía a las reuniones líricas con el fragor y el entusiasmo de un recién admitido. Y decía sus versos con emoción, procurando que sus palabras le llegaran al lector por el camino de la sangre, que es el más directo y el de más difícil sofisticación. Ni se entregó a la beatería de la moda, inventada por aquellos que dejan de decir en poesía lo que quisieran decir, pero no pueden, ni tampoco se encerró en su urna familiar, con su musa, Pilar amante, al costado. Dijo sus versos como lo que querían ser: expresión clara, digna y comunicadora de un estado de conciencia limpio de todos los pecadores veniales para alcanzar la gloria, que solamente se nos entrega, aunque ¡ay! después de muertos. ¡Nos abandonas compañero del alma, compañero hundidos en la tristeza por su pérdida, porque ya no estarás como un abanderado de la poesía, limpio de todas las culpas. «Sobre la playa enjuta de los mármoles las ostras se suicidan con limón» ¡Adiós compañero, adiós!