LITURGIA DOMINICAL
Leprosos de antes y de ahora
LOS QUE han visto la película «Ben Hur» difícilmente olvidarán la escena en que aquel judío encuentra a su madre y a su hermana en el valle de los leprosos. Es verdad que en el mundo reflejado por la Biblia, la lepra podía referirse a muchas enfermedades de la piel. Pero siempre llevaba consigo un tremendo estigma social. En el libro del Levítico se decía: «El que haya sido declarado enfermo de lepra, andará harapiento y despeinado, con la barba rapada y gritando: ¡Impuro, impuro!. Mientras le dure la lepra seguirá impuro: vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento» (Lev 13, 44-46). Raoul Follereau, aquel académico francés que dedicó su vida a los leprosos, nos hizo ver que el aislamiento de los leprosos no ha pasado con los siglos. Y, por supuesto, cabe preguntarse si esta marginación social no se ha extendido a otras «lepras». Son muchas las personas que, por un motivo o por otro, se sienten marginadas en la sociedad. Algunos enfermos y otros muchos calificados como indeseables. Persona y grupo En continuidad con los domingos pasados, el evangelio de hoy nos relata un tercer episodio de curación (Mc 1,40-45). Tras haber curado a un hombre poseído de un espíritu malo y a una mujer presa de la fiebre, Jesús se encuentra con un leproso. Del ambiente de la sinagoga, ha debido salir a los caminos. Ahí se produce el encuentro definitivo. Si en los relatos anteriores, Jesús parecía enfrentarse con las normas de la Ley de Moisés, en éste tiene buen cuidado de hacerla cumplir. El leproso ha de presentarse al sacerdote para que lo declare curado. La persona ha de poder reintegrarse al grupo al que pertenece. Hay que evitarle todo lo que pueda mantenerla al margen. Y, de paso, invitar a la comunidad a que acoja a todos sus miembros. Hay otro detalle importante. En el evangelio de Marcos, Jesús pide una y otra vez que se mantenga en secreto su intervención. Pero el relato subraya que el leproso curado no ha obedecido. De hecho proclama a los cuatro vientos lo que Jesús ha hecho por él. Si el mandato parece justificar a los que no han creído en el Maestro, la divulgación explica por qué ha sido tan conocido. Querer y poder Entre las idas y venidas, el mandato y la transgresión, queda flotando en el recuerdo el diálogo que media entre el leproso y el Maestro: ¿ «Si quieres, puedes limpiarme». He aquí una de las oraciones más significativas de los evangelios. Con el leproso, cada uno de nosotros reconoce por una parte su propia miseria; por otra, el poder de Jesús y, finalmente, la confianza que depositamos en él. Quien así ora, no está lejos de la salvación. ¿ «Quiero, queda limpio». Y he aquí una de las respuestas más inmediatas y explícitas de Jesús. En ella revela al mismo tiempo la atención que le merece todo el que sufre, la compasión con la que se vuelve a él y el poder con el que puede renovar toda su existencia. Quien así habla no es indiferente a la causa humana. - Señor Jesús, en ti hemos descubierto el poder y la misericordia de Dios. Sabemos que la vida de los que confían en ti queda salvada para siempre. Acoge el ruego de los que te invocan y ayúdanos a cambiar nuestro mundo para que nadie se sienta excluido y marginado. Amén.