CORNADA DE LOBO
De coloretes
LOS COLORES sólo pueden soportarse todos juntos si están convenientemente guardados y agrupados en su caja de pinturas. Cuando antes salían por la vida a buscarse el arte, el sentido o el pan, debían hacerlo por turnos y en grupos donde rigiera cierta armonía y conjunción, un canon (aquella tabla de compatibilidades estaba siempre clavada en la pared del pintor). Hoy pueden salir todos juntos a la vez y el truco está en ir revueltos. Todo vale: es la democracia de los colores en la que los más tontos demuestran su osadía con mayor insolencia. El arte clásico establecía ciertas normas para casar colores o impedir su boda, pues hartito está el ojo de ver por ahí uniones que rechinan; son esas que empiezan dándose de tortas y al final se matan. Esta armonización de los colores conseguía transmitir cierta emoción de belleza. El arte abstracto, enchufado a una intelectualidad psicoanalizada, estableció como objetivo la desprovisión de la forma, la superación del dibujo y del realismo para abstraerse y extraer de la pintura su sustancia original, velada a la mirada del vulgo, pero el artista abstracto no supo o no pudo abstraerse del color; perdido el trazo, necesitaban colorete más que nunca para darse vida a las mejillas o se quedaban sin asunto. Lo lógico hubiera sido que este arte se abstrajera también de los colores (algún tonto lo hizo, pero no pasó su cuadro del negro humo o del blanco in albis). Por eso el abstracto se quedó en media verdad que también es media mentira, cosa que ocurre en los abstractos honestos, que no llegan, siendo generosos, al diez por ciento de un mar de oportunistas donde sobran, pero navegan, los embusteros, plagistas, modelnos y los que tienen poco o nada que contar (como jamás lograrían convencer, si tiran a confundir). En estos barullos de colorín revuelto se reboza algún crítico con ganas de verse nombrado un día «orientador de tendencias». Les va el pastel; y lo que es peor, el pasteleo. En un mundo de tantísimo ruido brillante y confusión que galopa valen todos los colores, todísimos, sin contar los fosforitos, que son lo que más privan porque chillan y ganan la batalla de los gritos, que por ahí va un arte. En fin, te dicen «la belleza del Arte ha muerto y la fealdad ha heredado su trono». ¿Es por estar y empujar en un hoy polivalente, poliédrico y... polideportivo?