Diario de León
Pedro García Trapiello

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CONFIESO haber pervertido a media docena de orquídeas de aquí, cazurras como el que más y resistentes como pocos o pocas. Estas flores -que fueron multitud y hasta vivían colgadas de árboles cuando esto se poblaba de rinocerontes lanudos, leones de las cavernas o mastodontes-, tras ser arreadas por glaciaciones y paisanadas de atapuercas o altamiras, son hoy de suyo menudas, agazapadas y huidizas; escarmentaron. Las seis variedades que quedan levantan poco porque, en estas tierras, los que asoman el pescuezo por sobre la modorra realidad o bien se lo cortan o le siegan los pies. De todas estas variedades resistentes, admiro a las maculatas (las mías) que no están en abrigados valles de montaña ni en lagunas bercianas donde crece esa otra que imita a una abeja. Estas que digo crecen en paramera pura arreada de vientos, soles y hielos, asoman en su abril sobre lecho arcilloso y de aluvión, pura mezquindad de tierra que hasta niega favor al centeno mísero. Su cono de flores cualquiera lo confundiría con otros «hierbajos» floridos. El placer de contemplarlas está, pues, reservado al conocedor. Y el placer de adoptarlas y empadronarlas en mi terraza me lo tomé por mi mano. Las di asilo hace años, cuando las máquinas arrasaron y levantaron una pradera secana en Villadangos donde crecían en gran rebaño (hoy son tumba con losa de asfalto y cemento de uno de esos polígonos industriales que se inventan para arruinar la fe y el sentido común; reza, si sabes, para que este no sea otro fiasco). Recogí de las montoneras de tierra sus bulbos (son como orquis, o sea, como cojones, que por eso lo de llamarlas orquídeas) y me los llevé a casa con su propia tierra para que la reimplantación no fuera más traumática de lo ya sufrido. Viven ahora sobre un plato con sólo tres dedos de tierra. Y sobreviven tan felices, me parece a mí, pues procrean y se esporpollan como gallinonas recién zumbadas por el gallo. Y me han dado lecciones tras pervertir yo su hábitat natural, ese páramo reseco donde duerme el estiaje el bulbo apresado en suelo como adobe cocido sin gota de agua o lluvia que alivie su enterramiento. Las riego, las lluevo cada poco. Pensé que pudrirían. No es su sitio ni beben tanto. Pero no. El agua es vida y tienden a exagerar, a recordar quizá cuando las orquídeas fueron señoritas de todo esto.

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