Hablan
LAS PLANTAS nunca fueron mudas. Los árboles, menos. Tengo un amigo botánico con ojo de microscopio que las oye. Directamente, de tú a tú, casi conversando. Se ayuda, claro está, de un aparato y un ordenata programata que sabe leer ultrasonidos y variaciones químicas. Afirma que no hay sólo sonidos propios del lenguaje vegetal; por ejemplo, el crujido celular cuando se quejan los troncos por el azote del vendaval. Dice que hay más. Y me ha contado cosas que me pusieron la pelambre como alambre, cosas aterradoras. Las plantas de corta vida no paran de hablar o perderse en chismorreos. Sin embargo, los viejos arbolones son una marea rutinaria de oleajes consabidos aunque, de vez en cuando, parlamentan, bendicen o maldicen. Pero no sólo. Hay más. Asegura que en no pocos árboles ha escuchado confusamente lenguas humanas, antiguas, modernas, cultas, torpes... Todavía me espeluzno recordando algunas historias relatadas que oyó entre esos hablares de gentes que, por alguna razón, están apresados en ciertos árboles. Lo dice sin mostrar especial inquietud, como científicamente. Me gustaría pensar que está loco, pero resulta ser un tipo exageradamente prudente y razonable, aunque algo ensimismado. Supone él, tras hacer consultas y averiguaciones, que se trataría de almas erráticas que no se orientaron en su despegue a la eternidad y se enredaron o, lo más común, gentes que se negaron a desprenderse de su realidad física y propiedades y se enzarzaron por allí a la vista de su casa y sus paisajes, refugiándose muchos en los árboles. Allí están más tranquilos los que se hartaron de su morada o se quedaron sin ella porque ahora es una sucursal bancaria con quince pisos de oficinas en las que nada tiene que hacer un alma en pena entre tantos penados de la fotocopia, el asiento contable y la goma de borrar. Así que, según mi amigo, hay palabras encerradas en los árboles que conmueven; otras dan pavor; y las hay con mucha tabarra odiosa porque nacen de un viejo resabiado y cascarrabias. Admite también otra posibilidad. Esas voces y parlamentos que ahí se oyen fueron aprendidas por los árboles de las gentes que hablaron junto a ellos. El roble muerto de Guernica y el negrillón de Boñar con su paisanada quieta al pie, ¿qué no contarían?...