CRÉMER CONTRA CRÉMER
Decidme: ¿Quién mató al oso?
EN ESTAS TIERRAS del milagro que son las leonesas, concretamente en Burbia, que es nombre precisamente para los encantamientos, en la localidad de Burbia apareció el cadáver de uno de los escasos osos pardos que nos quedan. Según los primeros indicios, el plantígrado murió de varios disparos realizados por un furtivo, uno de esos cazadores de tapadillo que persiguen satisfacer sólo sus instintos mediante la trampa, la oscuridad, el ocultamiento, como suelen llevar a cabo casi todas las muertes alevosas. El buen oso, que andaba por los cuatro años de edad, no se metía con nadie. Era un animal pacífico y bueno, al que acudían los niños para complacerse con sus movimientos, tan sosegados, tan lentos, como si contara con una vida larga para recorrer todo el territorio. Entre la no muy abundante fauna leonesa, el oso pardo era como el señor. Todos le respetaban, hasta el lince, que era o es uno de los animales más fogosos. Y es que el oso pardo de Burbia vivía muy atenido a un programa muy estricto: durante el tiempo de la expansión de las plantas y de las flores, el buen oso recorría el territorio, sin prisa, mordisqueando las plantas más apetitosas y nunca se permitió la bárbara licencia de acometer a una oveja ni siquiera a perseguir jugueteando a un conejo asustado. Cuando el fiero invierno comenzaba a soltar sus nieves y a cubrir de blanco la tierra, el oso grande con sus cien kilos de peso, corría a buscarse una covacha en la cual esperar el paso cruel de los hielos y se dejaba ganar por la pereza. Y dormido esperaba el retorno de la primavera. Y cuando comenzaban las flores a estrenar sus nuevas vestiduras comenzaba a moverse la enorme humanidad del oso pardo y dejaba escapar un gruñido de satisfacción. Lo de humanidad lo decían las mujerucas del pueblo porque era de bueno como un ser humano. Mejor que aquel o aquellos que le asesinaron, aprovechando un momento de desamparo. Luego de bien muerto, los cobardes corrieron a cerciorarse de que efectivamente el buen oso pardo de Burbia había dejado de existir y le abrieron en canal con unos cuchillos bárbaros como de matadores de elefantes. El pueblo de Burbia, todos los pueblos de la tierra leonesa, al enterarse de la atrocidad que habían cometido con su oso se llenaron de furor y las viejecitas con nietos amigos del osito, le dedicaron una lágrima. Y fue llamada con urgencia la guardia civil, y los guardas rurales y todos los pobladores para ver de dar con el autor del crimen. Y fueron inútiles las correrías de los guardas con sus caballos y sus capotones, como no tuvieron efectos felices los esfuerzos del pueblo buscando la huella de los matadores del oso. Pasaron días y días y las autoridades se hicieron cargo de los restos. Y en Valladolid hicieron la necropsia. Y no dieron con la pista del criminal. Y pasaron los días, y pasarán los años y los niños de Burbia seguirán recordando aquel oso bueno que mataron unos traicioneros desconocidos, que no fueron hallados. Como aquella chica violada y asesinada, y aquella otra asaltada y descuartizada, como la del poblado vecino, también muerta e injuriada. ¡Dios, qué destino este el de los osos pardos y el de las niñas de oro, muertas y nunca descubiertos los matadores!