Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

De timos, fugas y malversaciones

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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SOSPECHO QUE YA no será necesario reiterar la afirmación de que España es el campo más propicio para el ejercicio de la profesión de timador, de chantajista, de prevaricador y demás gente de malvivir, o mejor dicho, de bien vivir. Aquí al que no roba, le nombran para el servicio de cuadra, y raro es el poblado de la geografía peninsular en el cual no se ejerza el oficio antiguo de robar, engañar, embaucar y si se tercia, que sí suele suceder, se produzcan asaltos a mano armada o desarmada, manipulaciones o trampas de la estampita de correos. Toda la historia de España está cuajada de casos tan notables como el de una ciudad entera -como es el caso más reciente, y sobre todo conocido por todos los españoles, de Marbella- que se haya hecho famosa, no ya por sus niveles culturales sino por la destreza con que sus hombres representativos esquivan toda ley para quedarse con el santo y la limosna, o surgen como de la nada unos operadores con sellos de correos para embaucar a unos ambiciosos e ingenuos ciudadanos de los que todavía creen que es posible que existan gentes tan generosas como para conceder el cien por cien de sus monedas por euros de auténtico curso legal. Allá por el tiempo de los apóstoles, cuando un caballero de industria se pasaba de la raya y se quedaba con el contenido de la caja de caudales inmediatamente pasaba a formar parte de la banda fichada por los agentes de la Guardia Civil y en algunas ocasiones hasta se conseguía que entraran a formar parte de los internos de alguna cárcel. Y la sociedad entera les negaba el saludo y hasta la misa. Pero hoy las costumbres adelantan que es una barbaridad y el que roba, estafa o se fuga con los dineros del común, ni se altera ni se inmuta ni cambia de color, porque sabe que a lo sumo, y por larga que haya sido la mano que forzó la caja fuerte, le caerán dos años de reclusión muy menor. Y el estafado con el timo de la estampita o de la herencia, se queda sin dinero y sin vergüenza el ladrón, pero vivo y coleando. Y el Estado, la economía general, o sea usted mismo y el que suscribe, sin considerarse en la obligación de acudir en socorro de los estafados, como no asisten a quien pone un negocio de escabeche de tino y le fallan los cálculos y se queda sin dinero que llevarse a la caja. Nos estamos acostumbrando a que los robos, las estafas, los timos, les pague la Tesorería Nacional y así nos va. Un ejemplo de la extensión de esta santa costumbre del timo o de la apropiación indebida de bienes ajenos nos lo propone Ponferrada, la flor del Bierzo, en donde un padre y muy señor mío, que ejercía el menester de tesorero de una Asociación de Estudios, desapareció del mapa berciano con el dinero que los alumnos habían ahorrado durante todo el curso escolar para su maravillos viaje de estudios... El avisado tesorero de la asociación verá cumplida su ilusión de viajar a Italia. Y los muchachos se echaron a la calle solicitando de las autoridades que les abonen los dineros que les han salido estafados. ¡Quién lo hubiera podido pensar en gente tan prudente, tan solidaria con los niños negros y con los navegantes en patera que pudiera surgir de entre los suyos, un tesorero como el templario del Instituto de Ponferrada, la flor del Bierzo!

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