Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

¿Se devuelven las cartas de amor?

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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HUBO UN TIEMPO de tensión de tal naturaleza, que todos los ciudadanos pensamos que había llegado el momento de cerrar la puerta y solicitar plaza en algún retiro para enclaustrados laicos. El jefe de la santa oposición, que Dios guarde, había amenazado con romper todo vínculo antiterrorista del gobierno, si éste permitía la libertad de establecer contacto con los aberzales o gente de la izquierda irredenta. Al final parecía que, en contra de los temores extendidos por toda la piel de toro que dicen que es España, se consolidaba el consenso entre ambos instrumentos de gobierno legal y esperanzador. Pero no. La política es sin duda la expresión más variable e imprevisible. Y cuando sosteníamos lo del feliz encuentro de las partes contratantes, surge el cisma y se vuelve a la amenaza de romper todos los vínculos y exigir la devolución del rosario de la abuelita. En estas estamos. Precisamente cuando ya hemos superado los estados de crisis representados por el debate sobre el Estado de la Nación, que quedó en lo mismo de antes; la muerte de la famosa tonadillera, gloria de las Españas, Rocío Jurado, deceso que convirtió al país en una laguna de lágrimas y de lamentaciones cursilísimas, como por ejemplo cuando los profesionales de la televisión se afanaban en imponer la idea de que la señora Jurado se convertía, una vez muerta y sepultada, en un capítulo importante de la Historia de España, lo que también es como para moderarse. Y finalmente, entre las sugestiones que se nos proponen en la gran pantalla del asombro nacional, se proyecta la reiterativa canción del «mundiá», para arengar a los muchachos y al entrenador de la selección española. Vamos a «ganá er mundiá». Todo ello bien aderezado de ingredientes folcloristas populares y de graves motivos de expectación. Ante estos y otros detalles de la biografía española actual, la noticia, expuesta hasta con alborozo por los medios de comunicación, de que el número de obreros parados en España, solamente sobrepasa un centenar de los dos millones parece una anécdota sin importancia. Como está a punto de convertirse en manojos de ocasiones para el desastre, dado que ya metidos hasta el cuello en los preparativos, todavía no se sabe cuales son las rutas de cada bando ni a qué santo van a encomendarse para alcanzar la mayoría absoluta, dado que una mayoría simple no facilita las cosas ni de los unos ni de los otros. Se hace indispensable, pues, que al fin de proponer un campo de batalla incluso civilizado y que el pueblo sepa por donde le vienen los aires. O facilitamos las cosas o vamos a perder todos: los unos por aferrarse rabiosamente al poder mediante el uso de un lenguaje de difícil traducción y los otros porque se verán obligados a luchar sacrílegamente con toda clase de armas para no morir en el empeño. Vivimos tiempos difíciles, duros y confundidores. O nos enmendamos todos o nos estrellamos, aunque la economía navegue viento en popa y también a toda vela.

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