CRÉMER CONTRA CRÉMER
¡Más madera! ¡Es ya la guerra!
TAL COMO TEMÍAMOS, así que se anunciaron las fiestas y León, como es ya costumbre, arda en ellas por todos los costados, se habían de producir situaciones, estados de opinión que inevitablemente degenerarían en guerra... Esto es lo que está ocurriendo en estos campos sangrados leoneses, después de que se pudo comprobar que el estado de la comunidad ni es bueno ni es malo, sino solamente que no es nada. Cuando nos disponíamos a acomodarnos en el sillón dedicado a la televisión para seguir la epopeya gloriosa de nuestros profesionales de la patada reglamentada, se produce el primer chispazo. Y desde una de las troneras del castillo electoral, uno de los paladines declaró: «La alcaldía no la ha ganado todavía -naturalmente se refería al alcalde vigente- y si no tiene mayoría, necesitará nuestra ayuda». Y no es que temblara la tierra como en La Cabrera, pero sí se produjo un cierto estado de expectación. Y los mejor pensados de la autonomía se preguntaron con la natural alarma: «¿Se va a volver al tiempo nefasto del «jabalinismo» en las relaciones políticas? ¿Se convertirán las Cortes en Campos de desolación, mustio collado? Y es que los más viejos del lugar recuerdan cuando en los Parlamentos, ciertamente democráticos de la monarquía, ya en sus momentos más críticos y durante los encuentros políticos en el tiempo de la República de Don Niceto Alcalá Zamora, se forjó un personaje que dio mucho juego: «El jabalí», apodo que se aplicó a todo aquel que sin derecho de turno arremetía contra el orador en funciones, intentando confundirle y hundirle en el descrédito. Modelos de este tipo de políticos fueron, entre otros, aquel valenciano que replicando a un rival del bando contrario que se venía a llamar Ceferino Rojo, interrumpía sus peroratas aludiendo al discurso del señor C-Rojo (Cerrojo para los entendidos), lo que producía naturalmente el altercado consabido. También cabría citar al diputado, fugazmente comunista, señor Balbontisa, que en el breve tiempo de su estancia en funciones, cobró gran celebridad precisamente por la intencionalidad de sus intervenciones. Así parece que va a ocurrir con nuestros padres de la patria pequeña: porque no se habían disipado los efectos de aquel primer lanzador, cuando, desde su torreón, el señor Fernández (Don Francisco) declamó, enfilando sus dardos al mismo señor alcalde, tan colocado en la línea de tiro: «Es el momento de que haya cambios; lo mejor que puede hacer Amilibia es irse para su casa». A lo que respondió, cañón en ristre, el Francisco rival, (señor Saurina) que se dejó caer alegando su derecho a réplica: «Debe irse a su casa (esa vez se refiere a D. Francisco Fernández) porque dijo que si en un plazo de un año no se creaban 1.000 empleos. «no sería candidato». Está claro, la guerra ha sido declarada de manera oficial y todas las armas han sido dispuestas para la destrucción del enemigo. Que ya lo advirtió el poeta cuando advirtió: «Se gritó» «¡a las urnas, a las urnas!» y algunos entendieron «¡A las armas, a las armas!» 1397124194