LA ALMENA
Un asesino y ocho hombres buenos
NO SE TRATA DE Francisco Javier García Gaztelu, Txapote , pero hay individuos que inspiran orgullo a quienes se sienten de su misma especie, y uno de ellos es José Durá, patrón del pesquero Francisco y Catalina, benditos sean esos nombres, en el que han sobrevivido una semana, desde que fueron rescatados de la muerte, cincuenta y un inmigrantes de diverso origen. Cuarenta y cinco de ellos, de Eritrea, lo que debiera garantizarles inmediato asilo político en los países de acogida, y el resto, en su mayoría del Magreb. Tres inmigrantes, entre ellos una niña de dos años y una mujer embarazada, pudieron desembarcar hace unos días en La Valeta para recibir tratamiento médico y un alojamiento menos infernal que el de la plataforma del pesquero, bajo el sol implacable del julio mediterráneo. Durante siete días han convivido en paz, armonía y afecto ascendente tripulantes y náufragos, sin que la lentitud o desidia inicial de las autoridades concernidas, maltesas obviamente y españolas, más las requeridas de colaboración, llegara a impacientarles, al menos ostensiblemente. La tripulación en ningún momento lamentó el salvamento de los inmigrantes, a pesar de que se han visto obligados a paralizar su faena pesquera durante ocho días, y aseguran que si encontraran esta noche otra barquichuela con seres humanos a la deriva, actuarían de la misma manera, subiéndolos al barco. El respeto a la vida ajena que han demostrado los ocho tripulantes del Francisco y Catalina, que amarra en el puerto alicantino de Santa Pola, cuando amarra, refleja una calidad humana que enriquece a la especie de la que forman parte, por lo que bien merecen la ayuda económica y el premio cívico que les ha ofrecido el Gobierno español, pues han dejado de pescar durante una semana, mucho tiempo para el ciclo de la gamba maltesa, y su ejemplo, que ha conmovido a la sociedad española, debe ser resaltado públicamente por la autoridad. Y no es que el patrón José Durá y su tripulación hayan hecho algo excepcional; es que a estas alturas del guión humano, la vida de un inmigrante embarcado en pateras o cayucos parece la simple cara o la triste cruz de una moneda que la miseria subsahariana y norteafricana o la guerra inhabitable en Eritrea lanzan al aire sin que sólo el destino separa cómo va a caer. Dicho con otras palabras: existe la sospecha de que no todos los pesqueros hubieran actuado como el Francisco y Catalina, y es que entre el egoísmo propio y la vida ajena, empieza a ganar ostensiblemente el egoísmo. El tristemente García Gaztelu, Txapote , quien llama «circo mediático» al juicio oral que ve ahora su asesinato del dirigente socialista vasco Fernando Múgica, es la muestra visible de la satisfacción que a un ser humano con los circuitos morales desgajados le producen las muescas almacenadas en su conciencia de tantos tiros en la nuca de personas que sus jefes le señalaron. Buen asesino a sueldo doctrinario o metálico de una organización que tiene fecha de caducidad, y a la que ya sólo servirá de lastre siniestro a la hora de que la generosidad social disponga reducciones penitenciarias, dolorosamente benévolas, a los activistas de una banda asesina. Txapote es uno de esos asesinos excepcionales a los que no parece importarles que un hombre como José María Múgica, hijo de una sus víctimas, le mire a los ojos, posiblemente porque su propia mirada no refleje la menor conciencia. Pero la tripulación de un pesquero español nos llena de orgullo. El trato que han recibido los inmigrantes salvados de la muerte en el pesquero Francisco y Catalina ha inspirado a uno de ellos una carta de gratitud en la que se dice, entre cosas, que la acción de salvarlos fue «una buena idea».