Diario de León
Pedro García Trapiello

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NO ES discreto el rastro de iglesia que late en las melodías populares, esas canciones que nunca nacen del pueblo ni es la calle quien las escribe. El pueblo, como mucho, las repite y hasta las hace suyas, pero otros cultos las escribieron (quizá un maestro aspirante a flor natural, quizá un cura lírico, quizá las plagiaron de otras cunas que vinieron por los caminos mecidas por un juglar o un gaitero). Hay mucha cosa del cancionero tradicional que fue parida por un armonium y en la lírica popular cazurra se delata un tono menor de lástima gregoriana que certifica su origen. «Iglesia de pueblo, conservatorio del pobre» titulé un charla que hube de dar a chavales que estudiaban violines y pianos. Durante muchos siglos la iglesia fue el único local del sitio en el que escuchar músicas regularmente, aunque fuera coro de paisanas -muda la voz masculina- con un párroco que entonaba o introducía o carraspeaba o alardeaba colgándose de las bóvedas con ampulosos solos de ópera (los había con oreja de alpargata y los había con trino de urraca). En las iglesias de pueblo se cantaban antes muchas cosas, de todo. Eran liturgias de novenarios, cofradías sacramentales o de ánimas, santos patronos, pasiones cuaresmales, navidades pastoronas, mayos virginales, salmos y salves... el cancionero litúrgico no cabía en devocionarios de novecientas páginas. Todo ese patrimonio musical tenía tamaño y a veces gran talla, pero si se volvieran a cantar esos temas en las iglesias de hoy donde suena como mucho una rondallina modelna de chavales que imitan los sonidos de la tele, aún se despoblarían más, porque hay que oir qué cosas y qué doctrinas iban solapadas en himnos, invocaciones, motetes, antifonarios o torras penitenciales. Algo de vergüenza propia parece haber en ese arrinconamiento sepulcral donde han hecho dormir aquellas músicas. Hay himnos de congregación o patrono que le roncan el dogma o rondan sin duelo la cursilería arcangélica, pero fueron músicas que el pueblo -como las jotas- hizo suyas. Gracias a ello, hay atavismos de parroquia que aún se cantan en ciertos pueblos con los mismísimos rastros del fraseo mozárabe que durante tres siglos rebotó entre las paredes de las iglesias leonesas. Y nadie los rastrea. Ni inventario tenemos.

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