EL AULLIDO
Casi un cuadro de Benito Escarpizo
UNA CIUDAD se resume en su mercado. Visitarlo despacio equivale a tomarle el pulso a la vida palpitante, cotidiana, la que integra el pasado y el futuro de toda urbe. El mercado, ese museo viviente del día a día, ese templo profano donde todo tiene valor y casi todo precio, es una galería de personas y personajes, de calores y colores: modelos del natural. La personalidad de la ciudad se sintetiza en su mercado como los sueños de los pobres se enumeran de un vistazo al atisbar el escaparate de una casa de empeño. Hay, por ejemplo, cierta escuela de pícaros en Madrid -el Mercado de San Miguel-, o un mosaico de culturas en Barcelona -La Boquería-, o ese ámbito donde los marineros se confunden con los estraperlistas llamado A Pedra en Vigo, o hasta el exotismo hospitalario que ambienta el Mercado de las Especias de Estambul y los ordenados mercados provenzales del sur de Francia. A mí me gusta ése de Valença do Minho, en Portugal, entre callejas estrechas que favorecen, por cierto, el amor, el comercio y la delincuencia en la misma medida, y me fascina el esotérico y repleto de delirio mesiánico situado en Glastonbury, Inglaterra. Pero, en León, vaya cuánto echamos de menos el rastro de la Plaza Mayor. Oh, aquellos tiempos, como las golondrinas, ya no volverán¿ Los tiempos en que el rastro de León se celebraba en la intemporal Plaza Mayor. Sí, el rastro, y tomar un vino revoltoso en Casa Benito, y luego caminar entre los productos y la gente, y ver como la luz de la mañana añade sencillez a lo sencillo, hacer turismo de interior, y mirar a los ojos de las vendedoras de hortalizas mientras regatean y compran señoras capaces de defender su bolsa de la compra con la vida, y descubrir que en las manos terrosas de esas mujeres siempre hay escrita una columna de Pedro García Trapiello, y respirar el sol, avanzar, mirarlo todo, y tener la impresión de que los coloristas frutos de la tierra puestos sobre las mesas parecen uno de los cuadros que actualmente expone en Astorga Benito Escarpizo, y sonreír, sembrar, sentir orgullo de patria ante las alubias y los pimientos, y pensar que en esa Plaza está, estuvo y estará la madre de todos nosotros, y escuchar, oír, saludar a los conocidos y los fantasmas, hablar de nada con todos, socializar. Ahora que la ambición parece una religión sofisticada, que la artificialidad comercial es tan amplia que ocupa en las ciudades grandes superficies, apetece aún más un paseo por el rastro; apetecen esas sencillas verdades no del lujo sino de la supervivencia, sí, apetece un paseo por lo más natural del mundo. Sobre todo, creo yo, en una de estas mañanas leonesas de verano en las que la luz baila con el aire, en las que el mundo está en su punto y al caminar el sol nos reconoce a todos, y apetece la vida, y el barullo otra vez tiene sentido. ¡Cuanta verdad puede encontrarse en lo de siempre!. Sí, la verdad del rastro embellece, exalta, miente pero siempre es verdad porque tan sólo engaña a quienes nos dejamos engañar. Ahí tienen, a falta del genuino rastro con sabor a mercado medieval de la Plaza Mayor, el otro más islámico e interminable de Papalaginda: todo un bello boulevard del estraperlo al aire libre. Tradición. Interculturalidad. La gente del rastro tiene algo de ejército sano y rústico, de ejército de la tierra y de la casa de adobe: gente sin marca y de verdad. Quien compra en el rastro sabe de dónde viene y lo que quiere, y eso es mucha sabiduría de una vez sola, y eso es mucho talento empleado en el arte de la supervivencia, y ésa es mucha calidad. A mí me gusta pensar que el rastro de esta ciudad existe por exigencia de la imaginación y la poesía. Sí, aunque aquí en León gracias a nuestros políticos hace ya años que la poesía ha caído en desgracia, como escribió Juan Carlos Mestre, seguimos teniendo el rastro con su olor a medievo y madre buena.