Diario de León
Pedro García Trapiello

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EL FIN del mundo será probablemente obra de unas bacterias y no de alguna explosión autodestructiva... lo dijo Einstein, no estoy seguro, pero dalo por probable... una bacteria, un virus, un club de hongos asesinos o cualquier peste que tenga billete en el viento podrán encuadernar la hecatombe que mande a la raza humana al requiescant y al recuerdo... pues qué bien. Las bacterias son más astutas que Bin Laden y nadie puede detenerlas, salvo la lejía, y no siempre. La diñaremos a manos de un enemigo enano, invisible... qué deshonor. Es el objetivo del combate. Sin embargo se siguen fabricando bombas y ya vendrá alguien desde su estrado político a decirnos que es para matar bacterias a cañonazos. Pero las bacterias emigran, se agazapan, esperan su momento. Ya viste esa plaga que está por aquí secando frutales, segando su savia. La llaman «fuego bacterológico» y determinaron que el foco era la vegetación plantada en la autopista, así que la están rapuchando. ¿De dónde vienen estas pestes que no se conocían o recuerdan?... Échale un galgo. ¿Y de dónde vinieron los hongos de la saprolegnia truchera, la afanomicosis que enterró la cangrejada o la grafiosis que dejó al negrillo acogotado?... Dicen que de Francia, pero allí llegaron de más allá. Los bichos pequeños y tercos viajan mejor y más lejos a lomos de vegetales o especias, en la bodega de un barco, en las alas de un bando migratorio. Hoy puede hacerlo en un racimo que llega al súper desde Sudáfrica, carcoma coruja en un mueble chino, miasmas de Detroit en vuelo directo a Barajas. Lo primero que se globaliza es siempre lo malo. Y en el comercio internacional de plantas ¿cuánta tropa bacteriana y parasitaria no irá de polizón encantado?... En nuestros jardines plantamos variedades exóticas, árboles del quinto coño tailandés, especies japónicas; inundamos chalets y parcelitas de rarezas botánicas... o variedades agrarias transgénicas, nuevas especias cuyo polen se suma al cóctel al que podía bautizarse «yquésaldrádeaquí» o «vivalavirgen». Nadie sabe cómo se comportará esa emigración biológica con las plantas autóctonas, qué daño o beneficio aparejarán o si pagarán la hospitalidad con alguna plaga. En fin, si no nos matan, la ciencia dice que engordaremos. Alégrate, pues.

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