EL OJO PÚBLICO
Olor a chamusquina
VUELVE DEL NORTE ese olor material y, por supuesto, olor político. El reinicio de la violencia callejera proetarra en el País Vasco demuestra que el desarrollo del proceso para el fin del terrorismo no es, desde luego, el previsto en la hoja de ruta del Gobierno. El proyecto del presidente Zapatero, refrendado en su día por la mayoría del Congreso, partía de la exigencia de que ETA manifestara inequívocamente su decisión de abandonar definitivamente las pistolas. Sólo tras tal constatación, iniciaría el Gobierno un diálogo con los desencapuchados dirigido a un único objetivo: hablar sobre el grado de generosidad que cabría en el futuro con los presos y fugados de la banda tras la rendición de ETA, que se simbolizaría en la entrega de sus armas. Ese planteamiento encerraba, en todo caso, una contradicción que, andando los meses, ha acabado por hacerse visible en toda su crudeza: la de por qué habría que negociar con quien había tomado ya la decisión de dejar las armas para siempre. Pues bien, ahora lo sabemos: la hoja de ruta partía del supuesto falso de que ETA iba a manifestar su voluntad de dejar el terrorismo sin negociar previamente ese abandono. Aunque el término pactado entre ETA y los representantes del Gobierno para anunciar la tregua de la banda hizo pensar a mucha gente que estábamos por primera vez ante algo diferente a lo de siempre, la realidad se ha impuesto finalmente. ETA no ha decidido abandonar las armas, sino negociar las condiciones políticas (autodeterminación y territorialidad) y personales (amnistía para presos y fugados) en que estaría dispuesta a disolverse. Es, justamente, ese planteamiento el que explica que ETA intente reforzar su posición negociadora de la única forma que sabe y puede hacerlo: volviendo a la coacción. Aunque no sabemos si la decepción de los etarras se deriva del cambio de los hipotéticos ofrecimientos iniciales del Gobierno o de la reconocida capacidad de los terroristas para imaginar la realidad, lo cierto es que aceptar una negociación planteada en los términos en que parece estarlo la que hoy se desarrolla entre ETA y el Gobierno encierra un peligro que sería estúpido no reconocer: el de que los pistoleros acaben por volver en la convicción que los ha llevado a asesinar a casi mil personas: la de que para ganar tienen que poner violencia encima de la mesa.