CRÉMER CONTRA CRÉMER
¿Por qué se separan las parejas?
PUEDE ÉSTA, SIN duda, ser la pregunta del millón. Los investigadores descubren el hecho, pero no indican la razón, el por qué, y los matrimonios se rompen sin esperar a que la muerte separe a los contrayentes ni mucho menos a que el Tribunal de la Rota les conceda la correspondiente licencia para disolverse como se disuelve el tifón. Dicen los estadistas de palacio que en la España católica, apostólica y romana, se vienen a divorciar cuando menos un matrimonio cada tres minutos y que al cabo del ejercicio se aproximan a cien mil los cónyuges que tomando puerta y manta se van cada uno a casa de su respectiva madre. Y el suceso debiera alarmar seriamente a la sociedad por cuanto de seguir las quiebras matrimoniales a este ritmo terminaremos por no disponer de parejas normales y legales para que nos den hijos para el cielo y para el paro. ¿A qué se debe este fenómeno, que ni siquiera los inmigrantes son capaces de erradicar con su tenacidad matrimonial? Posiblemente, piensa el curioso lector, se quiebran estos enlaces por la falta de estabilidad económica y laboral de los individuos llamados de primeras a juntarse y condenados a separarse, así que llegan cuatro fines de mes o de semana y comprueban que con lo que consiguen ganar para la comunidad de dos, no les da ni para mantener al gato. Y buscan el recurso económico-social de la separación y la conversión de marido y mujer enamorados, en amigos para el botellón y una cita cada tres meses. Esto, dicho así como nosotros lo escribimos, con absoluta frialdad y dolorido sentir, es una tragedia nacional. Sobre todo porque tal como está comprobado los que se divorcian, los que rompen los sagrados vínculos, los que se devuelven los rosarios y las fotos de cuando lo de la Romería de San Froilán, con los pobres. Los ricos, que a lo mejor se han ajuntado por do más riesgo había con bienes y puestos al sol que más calienta, no necesitan recurrir a la fórmula de la separación para seguir comiendo caliente y siendo felices todos los días de todos los meses, en tanto y en cuanto, donde no hay harina no hay solución y las parejas se tiran los cacharros a la cabeza o el varón iracundo y cabreadísimo termina por quitarse de en medio al santo estorbo y mata a la compañera impíamente a cuchilladas. Sospecho que el Gobierno se equivoca en su política de admisión de inmigrantes, en cayuco o en patera, pensando que a falta de matrimonios indígenas bien están los matrimonios entre infieles y que al fin y al cabo tanto da un tanzanio o un senegalés como un maragato o un babiano, si estos sirven para ganar el pan y el garbanzo como Dios o Alá mandan. Sabemos que el Gobierno tiene muchos problemas y más cuando como ahora pretende acudir a todas las guerras para imponer la paz, porque la guerra principal a la que conviene acudir es a la de las parejas que se divorcian cada tres minutos o acaban acuchillando a la compañera te hoy y no esclava víctima. Yo que Zapatero, en lugar de andar buscando solución con el inglés, trataría de solucionar esto de las separaciones. Hoja de ruta para el lector desatento. Es inútil. El duende enredador no cesa, y allí donde dijera, en el número correspondiente al jueves 8 de septiembre, que debiera considerarse día santo, santo y santo, escribiera el que suscribe «grandes alardes tipográficos», apareció «grandes tipógrafos», sin más y sin menos. Y más abajo de la misma página, en la que se me ocurrió colocar el término «ceses», tan de actualidad en esta época electoral, apareció «casos», que naturalmente no es lo mismo, como descubre el inteligente lector.