CRÉMER CONTRA CRÉMER
El agua
LA COSA ESTÁ clara como el agua del arroyo, como la fuente serena, como el agua que has de beber: don José Bono, el ex ministro en el cual teníamos puestas todas nuestras esperanzas, ha dado la espantada, precisamente cuando el aficionado esperaba su mejor faena. Le prometían el oro y el moro si aceptaba acaudillar y defender la candidatura para la ocupación de la Alcaldía de Madrid, por ejemplo, pero no pudo ser. Un tiempo de reflexión lleva el alma a la salvación. Y don José Bono, el ángel de la Mancha dijo no. Y se produjo un cierto desconcierto entre las masas que esperaban una pelea reñida y lamentan haber perdido con la espantada de Bono, toda posibilidad de triunfo, de gloria y de gozo torero. Aquí cabe aplicar a la faena del político aquella espléndida explicación de la faena, del gran maestro de la larga cambiada: «Aquello no fue torear, fue otra cosa / fue marcar con la roja percalina / todo un curso de estética taurina». La cosa ahora ya está clara y al final será lo que deba ser, lo que fuere para la serenidad de la afición. Y volveremos a la temática corriente, como el agua del río, corriente como la voz de la calle cuando clama en el desierto por la claridad del agua que el municipio manipula para que el vecino pueda saciar sus sedes de siglos. Y es que el agua que bebemos es mala, es perversa, es amenazadora. Su color amarillo desconcierta al sediento que piensa que le dan otra cosa non santa en vez de agua. Digámoslo sin rodeos: el agua municipal es cara y resulta imbebible. Dicen los catadores de agua que el sabor del agua de los grifos leoneses es el resultado de su composición: una mezcla de azufre y de cal que convierte al enjuague en un producto de sabor difícil y de composición mágica. Afortunadamente, según nos asegura el amigo médico de familia, hasta el presente este sabor extraño, esta composición misteriosa y esta carestía insoportable, no ha causado hasta ahora ningún muerto, pero añade que ello no es obstáculo para no esperar que si el Ayuntamiento, en forma de ciudad, no lo remedia, llegará un día en el que los leoneses tendremos que acudir a Valladolid o a Salamanca para poder beber agua de verdad, pura y limpia como los chorros de oro. Con el agua sucede en León lo mismo que con la luz, con la luminotecnia urbana, que tampoco cumple su misión de manera satisfactoria y si por una parte nos podemos morir de sed al pie del grifo, por otra cabe temer que choquemos contra un poste por falta de luz. Ya sé que algún vecino o vecina de esta villa torreada que es León dirá que nuestra escritura es ácida como la lima y el limón, pero es cierta y lo ácido que pueda tener el comentario lo pone el lector. Lo cantan los ciegos por las esquinas: «Agua, ay agua que no debes beber / déjala correr, déjala». Como Bono.