LITURGIA DOMINICAL
La salvación de Dios es un encuentro
LA introducción al Evangelio actual es extraordinariamente solemne. Es una amplia exposición de la situación geográfica, política y religiosa al principio de la misión profética de Juan el Bautista. Tiempos, lugares y protagonistas de la vida política y religiosa de aquel momento histórico nos son precisadas. El evangelista Lucas quiso colocar en el tiempo un acontecimiento, para él importante; he aquí sus palabras: «En el año decimoquinto del imperio de Tiberio, mientras tal fue gobernador en el tal sitio, y aquel otro fue tetrarca en aquel otro». Como si hoy dijéramos: «En el segundo año del gobierno Zapatero, mientras Bush y Putin fueron presidentes, etcétera». Los estudiosos han hecho sus cálculos y por ellos sabemos con cierta precisión que el decimoquinto año de Tiberio correspondió al año 27-28 de nuestra era. ¿Cuál fue el acontecimiento? Dice Lucas: «La Palabra de Dios bajó sobre Juan el Bautista». El Bautista anuncia a Israel que el Salvador ya estaba entre ellos. Jesús iniciaba su vida pública. Será un tiempo breve, de unos tres años, un tiempo breve, pero suficiente para revolver la historia de los hombres y para cambiar el mundo. Cristo ha entrado en el tiempo y en el mundo, no en un tiempo o en un mundo mítico, sino en un tiempo y en un mundo, en una situación política y en un entorno cultural bien concretos. No es una ilusión. Juan invita a prepararse al encuentro con Cristo. Se trata de hacer una transformación interior no siempre fácil. Y Juan lo dice de una manera muy plástica: «Preparad el camino al Señor. Cada barranco sea llenado, cada monte y cada colina bajadas, los pasos tortuosos sean vueltos derechos, los lugares inaccesibles allanados». Parece algo escrito para el Ministerio de Fomento, pero que los judíos entienden bien: era un pueblo de caminantes, que tuvo como fundador a Abraham, un pastor nómada. Sus descendientes conocieron el destierro en Egipto, luego cuarenta años de vida en el desierto, más tarde la deportación a Babilonia. La primera lectura, del profeta Baruc, alude precisamente a ello. Los judíos sabían mucho de caminos y sendas. Por eso, Juan advierte que, ya que el Señor viene, hay que preparar los caminos: un trabajo de profunda revisión interior. El Bautista habló de conversión, que es como hoy el cambio de sentido en U de los automovilistas: volver atrás, sobre los mismos pasos. Cambiar de existencia. Para ser dignos del Señor que se acerca. Este lenguaje también es hoy válido por nosotros. Hemos construido calles y caminos. Recorremos las rutas de los mares y los cielos, y orbitamos alrededor de la luna. Por no hablar de lo último, las autopistas informáticas. Hemos aprendido a hacer con nuestros coches la inversión en U. Pero quién sabe si también somos capaces de una conversión profunda, en U, hacia el Señor. Porque Él viene a nuestro encuentro para que nosotros podamos encontrarle.