Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

Soldadito español

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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ESTO ES COMO la historia del soldadito español, soldadito valiente que vino del otro lado del mundo de Bolivia, del Perú, del Ecuador, tierras de pasión y hambres, donde los seres humanos hacen el amor llorando sobre la coca de la cólera. Desde la madre España percibían los pulsos de la tierra lejana y pura de su nacencia. Y se asomaba al mar todos los días y gritaba arrancándose filamentos de carne muerta, para intentar alcanzar siquiera un reflejo de aquella sombría selva de recuerdos. Al cabo del tiempo indispensable para convencerse de lo despiadada que es la luz de España cuando se carece de pan y de trabajo, acudió a la oficina de alistamiento para la milicia nacional. Al menos, pensaba con tristeza, mataré el hambre. Y se apuntó en el Ejército que mantenía acciones misericordiosas precisamente en países en pequeñas guerras de clase, de intereses, de evaluaciones humanas. Recogió en un bolsón de trapos viejos el ajuar que entendía imprescindible para el mejor cumplimiento de cualquier deber de ayuda que le pudieran encomendar y se enroló en un bando de oscuros navegantes. Entre los papeles escriturados, por los cuales se le permitía la emigración a la lejana y espléndida España, donde no se ponía el sol, recogió pegada a las carnes la fotografía de la mujer y de la hija, todavía sólo una niña de ojos locos y de lágrimas ruidosas. Hasta sesenta o cien días -nunca sabe el emigrante cuánto dura su angustia fugitiva- le duró la travesía sobre la mar océana recorriendo caminos de espumas y espantos defendiéndose del frío de las carnes maltrechas, apretándose los híjares hasta hacerse daño sangriento con el corazón y el alma estrellada contra las tablas de la embarcación. Y sollozando, porque llorar es bueno, mordiendo los silencios y la rabia resistió las acometidas del miedo imaginándose la figura de la madraza España y la salida de aquel túnel de siglos. Juró todos los apremios a los que quedaba obligado para incorporarse a una compañía o batallón destinado al Oriente en llamas, pero no para la guerra, sino para la ayuda solidaria, para la intervención a corazón abierto del espíritu solidario que, al decir de los mandos, constituía la única misión. Y al cabo de algunos días y de tal o cual acción de ayuda a gentes tumultuosas, desarrapadas y gritadoras, comenzó a creer que, efectivamente, él, humilde soldadito español, había encontrado al fin el resumen de su destino. Escribió mentalmente a la esposa la carta en la que anunciaba su incorporación al ejército de paz de la Europa solidaria y cayó con el cerebro reventado por una explosión disimulada entre la maleza. El soldadito español, ecuatoriano, peruano, colombiano o nicaragüense había caído, como expresaba el capitán del comando, «por Dios y por España», en un acto de mera misericordia. España se digne a enviar mil soldaditos para ayudar a países hambreados y coléricos. ¡¡Que Dios reparta suerte!!

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