Diario de León

SOSERÍAS

Balnearios, sí, tabarras, no

Publicado por
FRANCISCO SOSA WAGNER
León

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MIENTRAS LOS POLÍTICOS se desgañitan, envueltos en sus respectivas sectas como quien se envuelve en el albornoz de la ducha, los españoles estamos en otros asuntos más placenteros. Alejados de ese tráfico de acusaciones, gritos sin consistencia, insultos sin gracia, descalificaciones adocenadas, las propias de quienes no han leído a Quevedo, los demás vamos a nuestro aire y tratamos de montárnosla como podemos. Allá ellos con el PIB, el índice Nikkey, la Ronda de Davos, y la OPA, nosotros, a lo nuestro. Y lo nuestro es la oferta de sensaciones lujosas y exóticas que excitan nuestra imaginación y la ponen como en ascuas. Abrir un catálogo de una agencia de viajes es mejor que leer las mil y una noches con ser esta obra alarde de mil y un estímulos. Estos folletos son un regalo a la vista, hasta hace pocos años no existían y nos conformábamos con coger el coche de línea y llegar al pueblo de al lado, a casa del abuelo, que tenía una fruta buenísima y unos huevos puestos por una gallina de confianza, pariente con plumas de la casa. Pues ¿y el agua? El agua que había en los pueblos era cosa fina, dejaba el cutis como una manzana de las de Villaviciosa de antes. Hoy ¿quien va a la casa del pueblo? Solo quien tiene que poner el cartel de «se vende». Lo que se lleva ahora es un viaje a países peregrinos, reservados antes a notarios y personas que no tendrían fe pública -como mucho, una vaga fe privada- pero con ubérrimos talonarios de cheques. Aquellas gentes finas que viajaban en el Orient Express que saca la Ágata Cristhie, gentes encopetadas, un poco asesinas es verdad, pero en algo tenían que distraer sus ocios forzados por la riqueza. El pobre apenas tiene tiempo de cometer delitos y cuando los comete, les sale un churro y van rápidos a la comisaría, pero el rico los planea con exquisitez y así resultan de aseados y novelescos. Detrás de toda gran fortuna hay un delito, solía repetir Oscar Wilde, hoy habría que matizar diciendo que detrás de toda gran fortuna hay un plan parcial. A mí siempre me han encantado esas novelas con un público que iba a los baños, como en Proust, en aquel salón de los Guermantes, o, antes, en Goethe, que ligaba mucho en los balnearios, incluso a edades bíblicas. O los delicados personajes que salen en el amante de Lady Chatterley, la guarrería de D. H.Lawrence, un primor de fantasías sexuales, con aquel jardinero que hacía unas prestaciones de matrícula de honor a la tal lady. Y no digamos los grandes sanatorios de tuberculosos, que daba gusto intimar con el bacilo de Koch, pues le permitía a uno irse a la montaña mágica con Thomas Mann y debatir allí sobre la cultura, la guerra, la paz y hasta sobre la alianza de civilizaciones, que de aquella no había sido alumbrada pero andaba ya pidiendo paso y dejándose ver. Como digo, ahora cualquiera puede permitirse el lujo de, a plazos, pagarse una estancia en un hotel donde tienen jacuzzi, ducha escocesa y francesa, ducha de Vichy, ducha de sensaciones, hamman y ¡servicio de almohadas! La sauna puede ser seca o húmeda ¡faltaba más! Y, junto a ella, una fuente de hielo, y una cabina de masajes de la que sale el personal dispuesto a los más alambicados compromisos. Suele haber piscinas con varios chorros y «Tissanerie». También hay camas de agua. Sabemos que los más cuajados escritores han pasado media vida en una cama, Miguel Mihura escribió los «tres sombreros de copa» en cama y escayolado y digo yo, si así le salió aquella maravilla que nos envuelve en una sonrisa constante, ¿qué no hubiera escrito en una cama de agua? ¿y si hubiera tenido don Miguel cerca un «laconium» y una sala de aromaterapia? En los archipiélagos canario y balear, barrocos en sus mimos, hay salas de vapor de cristal, iglú, piscina «Thalasso Vitality», y una finura que se llama «cuellos de cisne». Pues ¿y los campos de golf? Los hay «sinuosos, tácticos, con lagos, búnkers de arena marmolina y enormes greens». Antes, los campos eran simplemente de patatas y berzas. Lo dicho: al balneario, pagado a plazos, y a la EPA, al INE y la OCDE que les vayan dando.

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