CRÉMER CONTRA CRÉMER
Bronca en los altos
DÍCESE y con harta razón que cada día trae su afán y hay días en que dos y aun tres. Ayer, cuando ya andábamos por el día 15 del mes de enero, vencidas las rebajas y dispuesto el ser humano a ser despojado, mediante la operación de reforma de tarifas, que viene a ser como un procedimiento legal para equilibrar presupuestos, hemos entrado, silenciosamente, prudentemente en la generosa operación de vigorización de pensiones. De modo que, teniendo en cuenta las necesidades de cada ciudadano, se procede a mover a vanguardia los dineros destinados a mantener viva la esperanza, en un dos o en un tres por ciento. Dado que el vecino, es un decir, obtenía en concepto de aumento de pensión, cuatro euros, pues que su bonificación no da para más, se contempla con estupor cómo el beneficiado de lujo, que venía obteniendo hasta cincuenta euros, dada su condición y su base económica, tendremos que los unos, que los pobres, que los míseros e infelices, elevarán su nivel en un dos por ciento, que no equivale a nada, como quien dice, en tanto y en cuanto que el beneficiado de lujo, dada su línea de bonificación, alcanza un beneficio de capitán general con mando en plaza. De lo que se deduce que con el juego del tanto por ciento para todos, el mísero en mísero se queda y el triunfador, en dominador del ejercicio económico de la pensión, supuestamente previsto y calculado para alcanzar el equilibrio. A esta llamada de necesidad general, respondería, digo yo, la convocatoria de la Sesión extraordinaria celebrada en el Parlamento para ver si de una vez y para siempre se alcanza eso: el equilibrio, mediante la justicia y la prudencia bien aplicada, a fin de erradicar el terrorismo de nuestras vidas. Fue una sesión, auténticamente agria, sobre todo en su iniciación, cuando el líder de la santa oposición acometió su tarea de enmienda y raspadura para alcanzar el consenso necesario. No pudo ser, se quebró la operación precisamente por falta de prudencia, por alharaca parlamentaria, por abierto y descarado intento de postergar al rival y dar por buena la ruta. Seguí, como buen español, la retahíla de discursos y al final me quedé como si en la totalidad de la gran operación de lucha contra el terrorismo hubiéramos al fin llegado a algo. Y no. Estamos donde estábamos antes de la iniciación de la jornada. Los unos se deshicieron en acusaciones para que los acusados se revolvieran, trasladando los daños y errores precisamente a los inculpadores. Y un día que prometía sensatez, generosidad y conocimientos, se ha quedado en un discurso hirsuto, ácido y peleón que no arregla nada, que no sugiere fórmulas de entendimiento y que no elimina de nuestro objetivo de paz, precisamente la palabra que salva, el gesto que comprende, la razón que domina. Con todos los respetos para cuantos han intervenido en este suceso, en el cual depositábamos nuestras esperanzas, nos vemos obligados a denunciar el manejo de una estrategia de conveniencia, no de entendimiento real ni de conocimiento en profundidad, ni de voluntad cierta de encontrar los recursos imprescindibles para acabar con la enfermedad. España está enferma, esa es la verdad. Y en lugar de atacar la dolencia, nos divertimos inyectando resentimientos. No resultó provechosa la operación. Le faltó generosidad y prudencia, precisamente prudencia y templanza. ¡Habrá que repetirla!