Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

Los señores de la guerra

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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SE ACABARON LOS gitanos que iban por el monte solos y los candidatos de algo, que recorrían las calles, los mercados, los centros y los tugurios acompañados y solicitando, por el amor de Dios, un voto. Ha sonado la hora de la verdad, cuando el torero, contemplando por última vez la panorámica de la Plaza, repleta de un público colorista y apasionado, se dispone a proponerse como sacrificio. Y el elector, rencoroso, proclama que este es precisamente el momento de su desquite, de su venganza. Votar o no votar, esta es la cuestión. Y cuando me encontraba dándole vueltas a estos graves, gravísimos pensamientos, porque de su resultado depende el futuro, una lectora, supongo, se dirige al que suscribe para solicitar de mí una opinión esclarecedora, para saber a quién debe votar. Y aprovecho esta oportunidad para aclarar que no dispongo de ningún tarot mágico ni soy capaz de aprovecharme de ningún momento en el cual se intente mi intervención, (¡¡que cada perro se lama sus heridas y cada gato sus pulgas!) digo mientras recuerdo la triste experiencia que tengo de las tantas y cuantas elecciones me han tenido por cronista, por explicador. Soy, lo proclamo, un hombre sin suerte. No un incomprendido, como declara una ilustre y admirada profesora de Literatura de la Universidad de León, sino un extraño tipo que no ha tenido suerte, cada vez que se ha visto obligado a mencionar, a criticar o a proclamar la aventura electoral. Era un tiempo todavía de dominio militar y andaba de gobernador un general muy apegado al Club del Casino de León, donde según yo, era donde se cocían los cocidos electorales. Y se me ocurrió denunciar el hecho y apelar al recuerdo de Romero Robledo, ministro cacicón si Dios tenía qué. Y no se anduvo con cuidados el gobernante, sino que se apresuró a ponerme una multa. Escaldado como el gato y dispuesto a huir del agua fría, se me ocurrió descubrir que de unos bancos de cemento que se había instalado en la bella placita de San Pelayo, alguien había robado cemento. Y el alcalde de la Ciudad, que era un señor ex-coronel de Investigación, sospechando que la alusión se refería a la posibilidad de que alguien del Municipio robaba hasta el cemento, me envió un recado amenazador. Y di un salto hacia atrás. Hasta que ya en plena revisión democrática, con uno de los tres tenores de las Azores en el mando vecinal, me dio por mencionarle respetuosamente, pro anteponiendo el Don al simple patronómico, lo que hizo sospechar burla y cachondeo. Y nuevamente se fueron por mi y me dejaron sin trabajo en un periódico al cual asistía con mis comentarios. Lo que me hizo dudar de mi ángeles custodios. Sobre todo cuando en una entrevista periodística, se me ocurrió, fuera de texto, como una filosófica apelación, mencionar el nombre de un actor cómico mexicano, sin ninguna connotación con el que en el aquel infausto momento manejaba el aparato de recoger tumores, y el error sirvió para que me aplicaran otra penalidad gubernativa. ¿Cómo pretende usted, señora, que con estos antecedentes a mí se me pueda ocurrir meterme en barullos electorales?... ¡A otro can con ese hueso!

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