CORNADA DE LOBO
El gusto es suyo
EN EDAD de bronce estamos de hoz y coz presos, bronces en las calles, esculturas broncíneas y bibelots bronceados que dictó el capricho personal y consagró la incongruencia colectiva. Se peatonalizaron algunas calles para liberarlas de estorbos circulantes y nos las llenan de cacharros y mobiliario para que andar sea un arriesgado slalom de obstáculos, farolones, pijaínas, pasmos y tropezones. Todo es bronce para no descolgarse de las modas urbanas del nuevo rico, ese que en el espeso hall de su casa instala un perrazo enorme de porcelana lladronina... y en su calle un espanto metálico con cargo al dispendio o despilfarro municipal. El bronce ejerce una atracción fatal en el hortera al que le priva la apriencia. Cuando el pueblerino bobo adornaba pretenciosamente su casa, volvía de las ferias portuguesas no sólo cargado de sabanería y toallas, sino de relojes espantosos, candelabros de rebrillo y esas cosas fundidas que allí se abaratan (porque más no valen, aunque pesen un huevo). Y ahora que ya todos somos pueblerinos bobos hacemos lo mismo en las ciudades. Empezó Oviedo plagando de bronces herculanos y urculanos cada esquina, de boteros, pescaderas, regentas y panaderas de escanda... y aquí, como ya en todo sitio, el paletismo quiso su réplica imitada. ¡Más bronce, es la guerra!... la guerra del mal gusto... ¡más bronces!... Esta es la intifada del bronce con pedradas artísticas y metálicas en todo el ojo, pues hay esculturas que hasta disparan sin piedad y sin tino. Una voz maliciosamente cachonda insinúa: si tomáramos la mitad de los bronces cazurrotes de nuestras calles y los fundiéramos para hacer con ellos cañones, podríamos ajusticiar a pepinazos a la otra mitad y resolveríamos de esta forma un grave problemón de parasitosis. Procédase. Al menos, así, podríamos ir cambiando el decorado, porque lo peor de esta fiebre del bronce es que queda petada en nuestro paisaje y miradas a perpetuidad. ¿Y quién le quita ahora el bronce cascabelero a la gata nodriza?... Anuncian más bronce en la plaza de las Cortes. Pistonudo. ¿Se consultó al pueblo qué quiere o le gusta?... Puto pueblo, dijo el del dedazo al canto, dictadura del gusto particular. ¿Ni siquiera convocan un concurso de ideas?... «La democracia y el gusto son míos»... a joderse tocan... vaya mamoneo...