LA GAVETA
Abogados
ESTA SEMANA HAY UN CONGRESO de la abogacía de Castilla y León en Ponferrada. Creo que es una buena noticia porque la ciudad está muy excéntrica en la región y todo lo que sea integrarla en ella conviene. Hay muchos abogados, y yo mismo lo fui unos años en Valencia. Aunque siempre me sentí raro en el oficio. Me había interesado la carrera de derecho, tan ilustrativa, pero el mundo de los litigios me gustó poco. Y opté por otro ámbito jurídico, más sosegado: el de la Administración. Con horarios cerrados, y sin ese estrés admirable de quienes pasan el fin de semana preocupados por el juicio que les aguarda el lunes. La abogacía es una profesión dura y necesaria, y los mejores abogados son infatigables. Porque no es posible serlo sin entregarse al oficio intensamente. Cuando era un joven dubitativo trabajé en el bufete de mis queridos tíos Celso y José Ramón en Ponferrada. Entonces en la ciudad había unos veinte letrados. Cuatro o cinco despachos llevaban el peso de los pleitos del Bierzo y los demás abogados sobrevivían con trabajos paralelos o bien asumían un pasar de austeridad y disimulo. Recuerdo a un letrado con aspecto de patricio que se llamaba Gonzalo Barros del Puerto. Tenía el despacho en una casa antigua, su clientela no parecía numerosa, vestía como un dandy y murió joven. Otro abogado compartía apellido con aquel Gonzalo. Me refiero a José Luis Fernández del Puerto; a quien recuerdo en su papel de maestro de ceremonias durante la entronización de la reina de las fiestas. José Luis fue un cordial protagonista de asuntos suntuarios en una ciudad entonces muy poco suntuaria. Tuve también dos primos políticos que regentaron sendos bufetes prestigiosos y que sus hijos continúan: Ramón González Viejo y Luis Soto. A Ramón apenas le conocí. Además, me imponía respeto: se paseaba con coches de lujo y yo fui siempre retraído con los triunfadores. Luis Soto me resultaba más próximo, más cálido. Murieron los dos en años cercanos, prematuramente. Y dejaron su impronta jurídica en la ciudad. Como también la dejó, a su estilo heterodoxo, aquel historiador villafranquino, solterón y bohemio que ejercía la abogacía: Balbino Álvarez de Toledo. Fue un maestro del relato oral. Hace tiempo supe de un homenaje a tres abogados veteranos de Ponferrada. Uno era Telmo Barrios, que murió poco después. Telmo, que era más un filósofo que un letrado. Y a quien gustaba mucho escribir artículos sobre virtudes, bondades y cristianismos. Otro de aquellos letrados es Tomás González Cubero, padre de mi amigo el escritor Valentín G. Carrera. Tomás era de Bembibre y tenía aspecto de hombre ingenuo, que no sé si casa bien con la profesión. El tercer abogado era el más célebre de la ciudad hace ya cincuenta años y durante varias décadas. Me refiero a Juan Fernández Buelta, que llegó a ser alcalde en los últimos años de Franco. Fernández Buelta era y es sinónimo de gran saber jurídico. Y un ejemplo de superación, pues había empezado como pequeño funcionario judicial. Los abogados cabales se pasan los días leyendo jurisprudencia y legislación. Y disfrutan al descubrir el párrafo luminoso que puede marcar una sentencia. Llevan una vida de hombres libres, aunque algunos ganen poco. Pero para todos ellos lo suyo es el foro, el debate, el placer de la controversia. Además, y por lo general, tienen trato atento con los compañeros, con los procuradores y funcionarios. Es un mundo de ritos antiguos, de confianzas; de maniobras. Y muchos clientes -lo recuerdo de cuando yo ejercía-, más que pleitos lo que tienen es soledad. Buscan alguien que les escuche. Que les aconseje en asuntos no siempre jurídicos. Tal vez esa faceta era la que más me gustaba de la profesión. La de ser "un hombre bueno". Aunque uno sea un poco malo.