CRÉMER CONTRA CRÉMER
José María Suárez, un hombre de bien
SU MUERTE HA SIDO LENTA, silenciosa e irrebatible. Murió un hombre de bien y basta. Lo que sucede en estos casos es que el superviviente no se lo cree, porque piensa que existen hombres verdaderamente ilustres que nunca debieran morir. No basta con el recuerdo, porque José María Suárez González era uno de esos seres excepcionales que se entregan para la profesión, para la amistad, para la vida y para la muerte con la lentitud taurina de quien se exige lo más y lo mejor. Un mal día del mes de mayo, cansado de soportarse sin duda y de contemporizar con las gentes de su vecindad, se dejó morir, ya digo, lentamente, silenciosamente, con un gesto de burla, como para compensar a los que le debíamos amistad y verdaderamente fraternidad, atención y devoción. José María Suárez era uno de esos seres de excepción que los pueblos merecen siempre y que solamente muy de vez en cuando se les depara: Un hombre para el común, para el bien ajeno, para el entendimiento y la solidaridad real. Quien llamó a su puerta y a su corazón, le encontró dispuesto y nunca regateó ni ciencia ni voluntad para elevar a la categoría de su gran corazón a quien recurrió a sus recursos¿ Porque José María Suárez era y lo seguirá siendo en el recuerdo un personaje inacabable, dotado de ciencia y de sentimiento humano. Desde su profesión de abogado ilustre, Decano del Colegio y amparador de los necesitados, dejó un surco hondo en la conciencia general y León, la ciudad a la que dedicó sus mejores voluntades como alcalde, se lo agradece ahora y en la hora tristísimo de su desaparición. Y como para estimularnos a los que aparecíamos entregados al menester de escribir cartas para la posteridad, enarboló la pluma del periodista y dejó señales claras y profundas de un estilo de vida desenfadado pero entero e inconmovible, hasta que cansado de sufrir propio y del sufrimiento del común de vecinos, que para él nunca fue nada común sino centro de sus estímulos más generosos. Hombres de esta talla moral parece que exigieran de sus contemporáneos un conocimiento más en profundidad, porque él era y será ejemplo de honestidad, de eficacia y de hombría de bien. Ha muerto y la ciudad se duele de un vacío humano tan sensible que todo lo demás parece solamente un motivo de adorno. José María Suárez González no puede ser, no lo será nunca, ese hombre -como dice la canción- que pasa por nuestro lado sin decirnos nada, porque José María Suárez siempre tenía algo que decirnos, para alentarnos, para enseñarnos a vivir, como nos ha enseñado a morir. Ahora sí que se puede decir que León pierde uno de sus hombres principales, uno de esos hombres irrecuperables que quedan sin embargo en el gran corazón de la ciudad. Lo siento en el alma, lo sentimos todos, José María Suárez, compañero del alma, compañero¿ Si José María volviera yo sería su escudero, que buen caballero era¿