CRÉMER CONTRA CRÉMER
El patio de Monipodio y el Buscón
ESPAÑA, la España de Quevedo y de la Pícara Justina, está presente en esta actualidad de la que disfrutamos, sencillamente porque como dice Marquina, «España y yo somos así, señora». Eso lo decían los esforzados capitanes de las legiones del Duque de Alba y continuamos repitiéndolo los afectados por las intrigas de los unos y de los otros. (Entre unos y otros pueden ustedes, lectores del alma, colocar a los de más allá). Toda nuestra mejor novelística del siglo XVII se fundamenta en la descripción, más o menos, de la vida y milagrería de una sociedad sostenida por el aire de su ropilla y por la pericia de sus truhanes. Como ahora, dicho sea sin ánimo de ofender. La limosnería fue siempre un hábito, una santa costumbre, un ejercicio de hampones, soplones y gente de mal vivir, agapados en pórticos de iglesias con Cristos milagreros y amparando a monjas de las llagas. Los conventos acudían o se abrían de par en par repartiendo la sopa boba entre una estudiantina de mandantes y una cohorte de mutilados de guerra para el rescate de Jerusalén, en manos de los infieles de Alá. Bueno, pues ahora y en nuestra hora, para no perder las malas costumbres, igual que en el siglo XVII, o peor. La caridad bien entendida empieza por uno mismo, se proclamaba y se hacían colas de menesterosos ante las catedrales, para que, por ejemplo, un escritor soviético, Lunacharsky, escribiera una obra de teatro, El Quijote Libertado del cual no se menciona ni la existencia del libro, cuando estamos comprometidos, un día sí y otro también, en darle un repaso al libro de aquel manco de Lepanto que le dio por escribir las extravagancias de Don Quijote de la Mancha. Días pasados o todavía sin pasar del todo, se produjo en la tierra de Don Quijote y Sancho, una demostración de la persistencia de nuestras malas costumbres: Para amparar a los dejados de la mano de Dios y de los hombres, a un vizcaino quizá o a tal o cual muslim del Ándalus, les dio por inventar un sistema de trapeciería verdaderamente asombroso. Aprovechando la tendencia misericordiosa de los españoles, les dio por inventar una oenegé o sea una cooperativa social para dar de comer al hambriento, y ropa al desnudo. Y los piadosos españoles acudieron a la llamada misericordiosa como en ellos es costumbre, en forma de manifestación a favor de los que han hambre de pan y de justicia. Más de diez mil donantes unieron sus euros y reunieron verdaderas fortunas, mediante las cuales habría para enmendar todas las injusticias sociales del mundo. Bueno, pues no. Dos asociaciones piadosas, cuyo nombre me reservo por si acaso, en lugar de entregar los dineros recaudados para este fin a los hambrientos, a los sin techo, a los peregrinos del hambre, se quedaron con los dineros, a lo mejor intentando justificar el latrocinio con lo cara que se está poniendo la lecha de vaca. ¡Joer con las oenegés!. El que parte bien reparte y para las dos oenegés a las que me refiero, la mejor parte¿