El paisanaje
Niños de la guerra
SEIS BUENOS mozos, seis, de entre dieciocho y veintiún añines, han muerto esta semana en tierras del Líbano, la de los altos cedros del rey Salomón y no precisamente cerca de casa, donde hacían de «fuerza de interposición entre judíos e islamistas». Se veía venir, como cuando en el patio del colegio, pero ahora a lo bestia, algún colegui intentaba separar a dos que se estaban zurrando de lo lindo: indefectiblemente la primera bofetada era para él. En los tiempos que corren la política internacional apenas difiere de la educación para la ciudadanía de cuando éramos jóvenes, pero por lo menos entonces el que se metía en medio, aún a riesgo de que le partieran desinteresadamente la cara, tenía el reconocimiento moral del resto de la clase, cosa que, por lo demás, no dejaba de ser una cataplasma ética para el ojo morado. Así que en escenarios de trifulca servidor procuró siempre mantenerse al margen, más que nada por seguir los consejos del profesor de matemáticas: cuando dos zopencos se pelean sólo un tercero todavía más burro que ellos puede separarlos con éxito. George W. Bush, por ejemplo. El paisano Zapatero ha metido a España de hoz y coz en el alborotado corral de Oriente Medio, antiguo protectorado británico y franchute desde cuando las cruzadas, sin tener en cuenta que, como potencia mundial, no pasamos de ser una burrina. Nos llamaron los de Hezbolá -traducido al cristiano «el partido de dios», ahí va la hostia- cuando les estaban sacudiendo a modo los israelíes siguiendo la máxima bíblica del ojo por ojo y diente por diente. Se ha apresurado ahora a decir el ministro de Asuntos Exteriores, señor Moratinos, cuyo apellido es ya de por sí premonitorio, que quienes se cargaron a los nuestros no fueron los moros buenos de Hezbolá, sino unos primos suyos de Al Qaeda, estos sí, buenos cabrones. Fueran quienes fueran, desde luego no fueron Bush ni los cabritos de los judíos, sino fuego más o menos amigo de Moratinos y su alianza de civilizaciones, que va tocada del ala en el nombre de Alá, el clemente, el misericordioso, tal que empiezan todas las suras del Corán. El problema es que los árabes, como los chinos, escriben al revés, de derecha a izquierda, pero sin rollitos de primavera. Los caracteres son todos ininteligibles en cristiano y la única diferencia es que mientras unos te venden pato a la naranja, todo a cien, lo otros le dan al tiro al pato, da igual que te protejas o no con un casco de la ONU. En la demagogia de las guerras de Irak, Afganistán y Líbano se nos ve, en todo caso, el plumero. Cuando lo de Sadam Husein el ex presidente Aznar acudió rápido en socorro del vencedor Bush como cualquier pelotas del colegio, si bien es cierto que el iraquí era el matón de aquel patio y le estuvo bien que le cayera encima en primo de Zumosol (Aznar no, el otro). Ahora, en cambio, apoyamos a macarrillas del estilo de Hugo Chávez, Castro o Evo Morales. Así nos va por ahí fuera. Cuando hay bajas siempre suele decirse de los héroes el tópico aquel de que «su muerte no ha sido en vano». Efectivamente es el caso de los seis soldaditos españoles caídos en Líbano, que no estaban allí en son de paz, sino para parar la guerra a hostia limpia. Lo que pasa es que donde las dan las tonan y tiene razón Mariano Rajoy cuando dice que los nuestros no iban a repartir aspirinas en plan oenegé sino leches a diestro y siniestro, ora a los moros, ora a los judíos. Gajes del oficio. Todo lo demás son pamplinas y sanjuanadas propias de estas fechas. ¿Que los blindados españoles no tuvieran inhibidores de frecuencias de ondas para neutralizar las del enemigo? ¿Qué los tales inhibidores estuvieran a disposición del ejército y no los hubieran montado? Son cosas de la mili, donde todo va por el conducto reglamentario y no precisamente a paso ligero. La burocracia es la burocracia y hay que gastar mucho papel de oficio desde que el sargento detecta un pinchazo en el carro de combate o en el tren de los suministros de intendencia hasta que vuecencia el general da el visto bueno para ponerles un parche. Estas cosas no han debido de cambiar mucho desde mi quinta, cuando entrabas con la cabeza a pájaros y salías con una boina cuadrada. A Bono, ex ministro de Defensa, se le caían los helicópteros en Afganistán, cual mariposas en un bucólico paisaje, pero del blindado achatarrado en Líbano, también siniestro total, no puede negarse la evidencia. A los seis de Marjayun el presidente Zapatero les ha concedido la medalla al mérito militar con distintivo amarillo de misión de paz, y no rojo. Líbano, en cambio, les ha dado tres medallas: la del valor, la de méritos de guerra y la de heridos en acción, a lo mejor hasta pensionadas. No hay color.