Alquiler de útero
TENER hijos es una de las tareas más simples de la vida. Pero no para un número significativo de personas. Algunas se resignan a su destino. Otras adoptan. Pero para muchas la infertilidad es una terrible maldición y llegan a ser devoradas por su deseo de concebir y están dispuestas a hacer lo que sea para engendrar un hijo propio, y pagarán lo que sea necesario. El mercado de la fertilidad es vigoroso y está en expansión. Muchas clínicas contratan consultores de marketing y anuncian sus servicios en vallas publicitarias, revistas, radio e Internet. En Estados Unidos, mucho más que en Europa o Canadá, el mercado ya ha atravesado las fronteras éticas de la reproducción asistida. El mejor ejemplo es el alquiler de útero, prohibido en Europa y Canadá. Las diferencias normativas con EE.UU. han creado brechas y oportunidades en un mercado cada vez más global. Conscientes de estas discrepancias geográficas, los padres potenciales viajan allí en lo que ya se denomina turismo reproductivo. Británicos y australianos son los principales clientes, sobre todo homosexuales. Algunas de esas madres de alquiler serán de clase media. Pero muchas procederán de las naciones más pobres del orbe, donde las oportunidades para las mujeres sin recursos son más bien escasas. Una madre de alquiler que cobra 15.000 euros en España (que es lo que ofrece una pareja gallega) estaría ganando 20 veces más que el salario mínimo de no pocos países. Si se considera desde la perspectiva del mercado, este tipo de gestación se debería subcontratar, como ya se está haciendo con el apoyo informático o la confección de prendas. Durante los próximos años habrá un comercio cada vez más amplio de úteros: si hay demanda en alguna parte (y la hay), entonces la historia del comercio en general y de la reproducción en particular sugiere que el mercado seguirá creciendo. Como señala una catedrática de Harvard, «podría llegar a ser un contrato de servicio doméstico remunerado, como la limpieza de la casa o el cuidado de los niños». Ahora bien, ¿toda esta espiral es realmente sana, es realmente ética? ¿No estaremos ante una fantástica manifestación de egocentrismo que a la larga nos pasará una abultada factura? ¿No ha llegado el momento de reconocer que existen límites a nuestros deseos? Honesta mente, el alquiler de útero es una locura.