CRÉMER CONTRA CRÉMER
La zarzuela está que arde
LA BUENA SEÑORA del barrio me acosa con una pregunta que entiendo que debe ser realmente importante: ¿Qué pasa con el Rey? Y no sé qué contestar. Porque lo cierto del caso es que son muchos ya los que hablan de ello y pocos o muy raritos, los que de verdad saben a qué atenerse con el Rey, con la monarquía, con la ley con la Constitución. De lo único que estamos seguros es de que el Rey Juan Carlos es si se quiere el símbolo oficial de un país que tiene unas ordenanzas, una bandera y una especial manera de matar sus pulgas. Entre la que al parecer se está descubriendo la de prenderle fuego a todo aquel que no piense, que no vista ni calce como yo, según se repite en la canción del maestro Campanones. No se sabe con exactitud de quién o de dónde surgió la idea de quemar retratos, pero lo evidente es que el pirómano ha promovido tal maremoto político que no hay posibilidad de navegar, con la mar levantada de oleaje. Según los datos que llegan a provincias, un grupo significativo de la catalanidad andante, provisto de medios propios de un salteador de voluntades, se echó a la calle y sin ninguna razón que acreditara la licitud de la acción, hizo una hoguera con la fotografía de los reyes. Como respondiendo a una conjura, días después, un político exacerbado se permitió el lujo personal de hacer un análisis crítico de la Monarquía y en la televisión, siempre tan fiel y obediente, un candidato sempiterno a cronista real de la España eterna, montó un sarao televisivo con una disparatada profesional de las ondas escandalosas, que produce recelos profundos para establecer las líneas del guión sobre lo que la monarquía es, lo que representa y la singularidad de un pueblo, el español, tan monarca y arrebatado por el entusiasmo más beato de la comunidad con sus emblemáticos reyes. Y sin explicarnos lo que verdaderamente sucede en este pequeño y alterado mundo nuestro, porque pleitos de mayor cuantía se sustancian siempre en las alcobas o en los cuartos de bandera, nos preguntamos nosotros, como la buena señora que nos solicita: ¿qué es lo que está pasando? ¿Qué es lo que puede suceder? ¿A qué influencias responde esta díscola actitud de la españolidad? La cuestión no es baladí, porque de lo que pudiera resultar depende el futuro de España y es claro que convendría que los mecanismos oficiales, en lugar de andar cubriendo el expediente electoral con ofertar que no serán cumplidas, hicieran llegar al resto de la península y sus islotes, la verdad de lo que nos sucede, de lo que nos puede suceder si seguimos jugando con trampa y a lo que estamos dispuestos todos si llamamos a la puerta del castillo y nadie nos contenta. Recuérdese que León, cuna de reyes y cabeza real de un reino duradero, contó siempre entre sus representantes más calificados en el municipio, en la Diputación y en estamentos de superior cuantía, con representantes liberales, conservadores, socialistas y republicanos. Y nunca sucedió nada que no estuviera previsto. ¿Por qué ahora nadie sabe exactamente lo que ocurre, ni por qué sucede lo que sucede?