Diario de León
Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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ESTÁ YA CLARAMENTE PROBADO e inscrito en los anales del disparate que el peligro mayor de los que cercan la vida pública, cultural y hasta eclesial no es, como se supone, la radicalidad, ni la intromisión, ni el quebrantamiento de la norma, no; la mayor de las vicisitudes por las que pasa el ser humano de nuestra hora es la de caer en la «ocurrencia» como argumento, como doctrina o como modo de ser. Hay seres humanos que no son ni anécdota siquiera: Son ocurrencias. La ocurrencia es, en puridad la fórmula de la que suelen volverse los pocos lerdos que en el mundo se descubren para encubrir sus déficits imaginativos o su escasa formación. De políticos y de artistas más o menos encumbrados, son las ocurrencias y es digno de anotarse el hecho evidente de que nuestra vida pública y cultural sobre todo se mantienen en la superficie gracias a la invención de una «ocurrencia». Cuando un escritor, un pintor, un músico o un danzante más o menos en línea, por hacer algo genial que se le ha impuesto en un momento de vigilia, hace un disparate, se dice del resultado de su trabajo que le ha salido una ocurrencia, es decir una frivolidad o una tontería sacada de todo juicio. La política es la madre de todas las ocurrencias y no hay más que seguir por ejemplo los pasos, los malos pasos de nuestros hombres públicos para concluir en que lo que han realizado es una serie de ocurrencias. Que es lo que diferencia una obra bien hecha, como exigía D'Oris de una mención bastarda de lo establecido en la buena ley de la creación. Y en política, ¡ojo! no vale al parecer imaginar genialidades, abundan las ocurrencias. Y no es por incordiar ni mucho menos por ejemplo, es un decir, si atendemos un poco a lo que acontece en el Ayuntamiento, en la Diputación o en los distintos departamentos oficiales que cubren el trámite vital de la ciudad y de sus poblados fraternos, nos encontraremos con que no parece que tenga sentido lo que se madura entre bambalinas municipales, en donde se manipulan las ocurrencias con el mismo desparpajo que si estuvieran procesando genialidades. Por ejemplo es un momento de estupefacción, alcanzar los ribetes de las actividades municipales para comprobar que el ayuntamiento, este, ese o aquel, confiesen que están de deudas hasta los ojos y con qué ligereza se tratan los asuntos del Presupuesto cuando no tenemos para mandar cantar a un ciego. Los festejos que con motivo, por ejemplo, de San Froilán se montan en la capital es cuando menos motivo de burlería, cuando no de Código Penal y al cabo de cierto tiempo de meditación, se alcanza la gloriosa conclusión de que nuestros padrecitos putativos no saben otra cosa que no sea parir ocurrencias. Y se impone el término de ocurrencia al compadreo económico de los metafísicos de la trampa. Ocurrencias que no leyes formales son las que determinan que los ladrones anden sueltos y que los violadores sean devueltos a la sociedad injuriada. ¡Qué tiempos estos nuestros! Ya lo decían los profetas que lo veían venir: En el tiempo de las bárbaras naciones / de las cruces colgaban los ladrones. / Y hoy día, que es el tiempo de las luces, / del pecho del ladrón cuelgan las cruces.

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