QUERIDO MUNDO
No perder el tren
EL GOBIERNO de España presume de una excelente relación con Marruecos -y es muy cierto que ha mejorado la que mantenía Aznar-, pero cuando llega la hora de negociar los grandes contratos siempre se nos adelanta Francia. Acaba de ocurrir ahora con los 3.000 millones de euros que logró el hiperactivo presidente francés, Nicolás Sarkozy, en su última visita a Rabat. A cambio de ello no le ha importado copiar a su denostado predecesor, Jacques Chirac, y cantar el «vigor democrático» y la «ejemplaridad» del reino alauí. ¿Qué menos? Con razón Sarkozy se vanaglorió de que «los intereses de Francia están siendo bien defendidos». Cabría que nos preguntásemos si están igualmente bien defendidos los de España. El acuerdo franco-marroquí más relevante se refiere a la construcción del tren de alta velocidad entre Tánger y Marraquesh (540 kilómetros), pasando por Rabat y Casablanca. El primer tramo Tánger-Kenitra, de 200 kilómetros, estará funcionando en 2013. ¿Tenemos los gallegos verdaderas garantías de que nuestro siempre demorado AVE Galicia-Madrid estará terminado antes? ¿No se cuece en Serrabal -o en la meseta- alguna excusa para justificar nuevas demoras? Uno mira los mapas, lee las noticias y empieza a temer lo peor. Si estuviese ya construida la vía férrea subterránea del Estrecho de Gibraltar, que es la desembocadura natural de la alta velocidad marroquí, ¿quién quedaría más lejos del corazón de Europa que Galicia? No somos desconfiados por naturaleza; nos han hecho desconfiados a golpe de incumplimientos, que no es lo mismo. La ministra de Fomento, tan atareada en Cataluña, no debería descuidar este frente. En 1995, Felipe González lideró la Conferencia Euromediterránea de Barcelona, que luego el PP echó en el olvido y que el PSOE no ha atinado a recuperar. Ahora Sarkozy ha lanzado su proyecto de Unión Mediterránea, que arrancará a mediados del 2008 y que responde al mismo propósito español, pero que ya no lideraremos nosotros. Uno de los grandes males de nuestra política exterior es su permanente discontinuidad. Y esto se traduce en pérdida de contratos. Que es otra manera de perder el tren.