LITURGIA DOMINICAL
Rico... en misericordia
La misericordia es al amor lo que éste es a la justicia. No sólo no se anulan, sino que se complementan y perfeccionan. Más aún, por lo general son la única posibilidad de preservar al amor y a la justicia de caer en la caricatura y el descrédito. En toda relación mutua siempre hay elementos de desequilibrio que impiden una relación en el plano de la igualdad. En un mundo injusto sólo el amor, la caridad, puede hacer que la implantación de la justicia no sea una terrible injusticia. Pero en un mundo que no hace sitio al amor, sólo la misericordia, la grandeza de corazón frente al miserable, puede ayudar a que renazca el amor y fructifiquen la justicia y la paz. Dios, para muchos, se presenta a menudo como terrible, guardián del orden, ordenador del mundo, freno de los delitos sociales, omnipotente que precisa de esclavos... Por el contrario, la imagen bíblica es clara y nítida: muestra a Dios con la característica esencial del amor y ofreciendo siempre una oportunidad. Hay que señalar (mucho habría que hablar sobre la fe y el miedo) que Dios no quiere aplastar ni aniquilar. La Revelación se puede definir no como un contenido de verdades, sino como el ofrecimiento de la amistad divina. De ahí que la imagen divina sea dialogal: el Señor quiere convertir nuestra vida en una conversación con Él. Por ello, Él, el amigo de la vida, siempre espera. No lo hace con los brazos cruzados o con cara de aburrido, sino que espera poniendo su don a nuestro alcance. Hay que decirlo muy claro: Él ama la vida y ama nuestra alegría, porque su aliento inmortal está plasmado en nuestro ser. Tener fe significa creer en uno que cree en nosotros. Tenemos que bajarnos, como Zaqueo, del árbol de las resignaciones, de los remordimientos y de los miedos, responder a una voz que nos llama por nuestro nombre, no para reprochar nuestros yerros sino para estimular nuestras posibilidades todavía intactas. Zaqueo sabe reaccionar y dar un giro nuevo a su vida. Busca algo diferente. Siente la necesidad de encontrarse con Jesús, acoge su mensaje y toma la única decisión que le puede salvar. Renunciar a una vida dominada por el afán de poseer, acumular y explotar, para descubrir la alegría del dar, ayudar y compartir. Ésta es la experiencia de quien acierta a encontrarse con ese Jesús que ha venido a «salvar lo que estaba perdido». No hay salvación posible sin este cambio en la vida del que se siente llamado y amado por el Padre. El cambio es la respuesta auténtica a la llamada que nos hace Dios. Dios nos llama, como a Zaqueo. Quiere entrar en nuestra casa, en nuestra vida, en nuestros proyectos. ¿Le abrimos las puertas? Y, sobre todo, ¿estamos dispuestos al cambio que exige su presencia salvadora? ¿Cuáles son nuestras resistencias? En la Eucaristía -hecho Pan y Vino de salvación- tenemos al Maestro de Nazaret, el que con su palabra cambió el corazón de Zaqueo, transformándolo en un hombre nuevo. Que cambie nuestro corazón de piedra por un corazón de carne, para que la salvación de Dios llegue también a nuestra casa.