CORNADA DE LOBO
Un polvorín
TREMENDO polvorín sobre el que se tumba en su siesta este país: treinta mil españoles están infectados de sida y no lo saben. ¿Quiénes son? Ellos lo ignoran. Los demás también. No tienen nombre. Son un virus con patas, terrorismo andante con bomba de espoleta retardada atada a la cintura de sus relaciones, verdaderos sicarios sin sueldo de una muerte gratuita. El sida tuvo su epidemia informativa cuando hace veinte años tomó prestado uno de los caballos del apocalipsis para ensayar un galope que ya no cesaría. Todo era entonces escándalo y alarma social en ondas y papeles, famosos podridos lentamente entre rumor social de miedos y estigmas... o la sonrisa secreta de algunos moralistas con su «ya lo decía yo». Algún púlpito celebró que el lado perverso de una naturaleza divina castigara a promiscuos, drogatas y maricones: El cielo no es tonto y se cansa, venían a insinuar. Pero después comenzó el goteo entre quienes no estaban en aquellos primeros grupos de riesgo. Gente de intachable conducta y profilaxis mental era tocada por el dedo de este diablo blindado contra medicinas y exorcismos. Los caminos del sida, como los designios del Señor, son inexcrutables y ahora resultaba que también infectaba el mal a los que estaban en Gracia, pero en desgracia. Aún así, arremetieron contra el «póntelo» porque en el dogma eclesiástico es peor un condón que la propia muerte que se solapa en el sida (hay, sin embargo, curas en Africa que ellos mismos proporcionan preservativos a la parroquia aunque sólo fuera por no convertir sus cementerios en montonera -gigante pudridero que ya lo es- y porque saben, como se ha sabido ahora, que la mujer africana sufre en su vida una media de tres violaciones; o que allí el cuarenta por ciento de las infectadas transmiten el virus a sus criaturas; y que la mortalidad del sida es en Africa aberrante, incontenible y vergonzoso crimen). Los treinta mil españoles que portan el virus no se han hecho análisis. Un día, al azar, se lo descubrirán. Maldecerían entonces a quien les pudo contagiar. Pero también a ellos les maldecirá alguien un día. Cualquiera sabe si se puso en situación de riesgo y contagio. Si mañana mismo no despejan su duda, ¿cómo darles el respeto, la compasión y los cuidados que les debemos?...