Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

Las navidades de los obreros en paro

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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EL ILUSTRE AYUNTAMIENTO de la muy noble y muy generosa ciudad de León avisa que, a causa de las muchas deudas que acosan al ilustre organismo, cien de sus trabajadores, o más si se tercia, tendrán que abandonar su puesto de trabajo y buscarse la vida de otra manera. Y a mí, personalmente la información me ha producido un verdadero dolor de alma. O sea que así que me fue comunicado el evento, se me vinieron a la memoria los días, los meses en los que, por sinrazones que no son del caso esclarecer, me fue comunicada la sinrazón de prescindir de mis servicios. Mi situación se convirtió en estado agónico, porque no hay ocasión, circunstancia, o episodio más cruel para un trabajador que no tener donde romperse el alma trabajando. El ilustre Ayuntamiento de la circunspecta ciudad de León, ha tomado el acuerdo de recortar servicios para salvar la economía, sin poder impedir el fenómeno de quebrar la economía de cientos de trabajadores de la institución, para salvar la economía. ¿Pero la economía de quién? En estas fechas este motivo ha producido un cierto estado de confusión, de dolor y de desesperación. ¡Ay! Precisamente un tiempo en el cual se predica, se intenta imponer la auténtica solidaridad entre los hombres de buena voluntad. Y es lo triste del caso: que dadas las circunstancias adversas que aparecen en la escenografía navideña de la ciudad se duda de que existan hombres de buena voluntad y sobre todo políticas que eludan compromisos de figuración por actos de verdadera solidaridad democrática, cristiana y justa. Y no falta quien, ante los hechos que se registran en la referencia biográfica de la ciudad, piensan, sugieran y hasta proclaman si este recorte que afecta por lo que se dice a los obreros dedicados a servicios de jardines o de cualquier otro de los comprometidos en la obligación municipal, no debiera ser atendido si es imprescindible, mediante la renuncia de los grandes poderes, de los mandos copiosamente retribuidos para enjugar la deuda producida, no por la mala mano de los empleados de jardines sino por aquellos que cuidan más de sus personales exigencias que de las verdaderas necesidades de la ciudad y de sus funcionarios, empleados, trabajadores y etcétera. Algo me parece que se quiebra en el panorama social de la corporación y me duele la indiferencia que provoca y el dolor que extiende por la ciudad. Y no me extraña que esto se produzca en un poblado marginal cuando en Madrid un personaje tan importante, tan emblemático, tan apreciado como el ya ex presidente del Congreso, don Manuel Marín, es despedido exactamente con la misma frialdad que si se tratara de un empleado municipal de jardines. Treinta años llevaba trabajando como militante, convirtiéndose en ejemplo de independencia de juicio, en capacidad de función, en conocimiento de causa, cuando se vio relegado al relevo. Los intereses superiores imponían, por lo visto, la jubilación del presidente para dar entrada al previsto como sucesor. Y llegada la hora prevista para la combinación meramente electoral, el fiel servidor del Congreso, se despidió de algún que otro compañero con lágrimas en los ojos, dejando para general conocimiento y ejemplo del común de ciudadanos de a pie, un dogma, verdaderamente navideño: «Yo solo estoy para que me quieran», exclamó atribulado. No fue posible ni siquiera obtener el reconocimiento del gran capitán de la huesta y cuando el ex abandonaba el lugar en el cual había ejercido de conciencia nacional, observó cómo éste, a quien más directamente y mejor había servido, le daba de lado abandonando la santa casa, por «la otra puerta». Y es lo que decía mi compañero: «Si este es el pago que le dan a un servidor leal, fervoroso, independiente y justo, ¿cómo, coña, le van a tener en cuenta a un humilde obrero de jardines? Naturalmente yo no conocía a Manuel Marín, ni en verdad este debe ser el motivo de mi salida a escena, pero la suerte de ese centenar de trabajadores de mi lugar que se quedan sin trabajo, me produce escalofríos. Y dolorido sentir.

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