Diario de León
Pedro García Trapiello

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RON y Rona, por ponerles un nombre, se querían. Viejos los dos. Del pueblo salieron poco. Y en corto. A la capital, si la salud se abollaba. Y a las Asturias, porque les llevaban, iban por yodo en verano, tres días como mucho viendo mar, paladeando el salitre del aire y a remojo los tobillos, no más, en la playa de Salinas. Ron es perro viejo. Y Rona también es perra, perreando con el destino toda su vida y astuta perreadora por el pan de la crianza, pero ni lo parece de buena que es, pues no ladró nunca y gruñó lo justo, quizá resignada (entonces, a lo crudo de la vida; y hoy, a la edad), plácida en su rincón al sol del corredor de invierno, a la abrigada, dejando pasar las horas sin arrearlas. Por sentir, Ron y Rona no se sienten viejos: lo son, lo saben, pero parece que lo ignoran porque cada día que amanece les despierta con la misma orden: «más vale hacer que mandar» y su quehacer doméstico no es muy distinto de cuando eran mozos. Tampoco les atormenta pensar que el día menos pensado (que es el más pensado de todos) se les tumbará encima la noche perpetua. Perpetua... Así se llamaban al menos cuatro mujeres del pueblo y así le pusieron una lejana vez de nombre a una pollina cuyo dueño hubiera pagado un quiñón para que viviera tan sólo cinco o diez años más de lo debido porque tenía las patas de hebra retorcida como bilortas y subía las cuestas más rápido que las bajaba. Ron Suárez y Rona Taranilla, por ponerles apellidos, son de esas escasas parejas de viejos que se miman todavía, se atienden, se entienden y se cuidan... y no reburdian de constante como los que creen estar de vuelta de todo acazurrados en su resabio o melancolía amarga. Visten su resignación de alegre complacencia con las pequeñas grandes cosas que siguen trayendo los días y que tanta gente no aprecia. La última vez que les vi estaba ella en el porche cubierto de la casa, tumbada en el suelo sobre una manta trapera y extendiendo el lomo a un sol de marzo que iba disolviendo la helada. Quizá para que el relente no la mordiera, tomó él con los dientes el pico de la manta y la tapó a ella con arropo de cariño. Me conmovió el detalle. Lo que no sé si te dije es que Ron y Rona eran una pareja de perros gran pointer que una vez conocí en Carrocera.

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