Diario de León
Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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PONFERRADA es, de las tres urbes clásicas leonesas -con León y Astorga- la más joven, la más plebeya, la más occidental. Pero es muy leonesa, desde luego, por mucho que algunos secesionistas del Bierzo hagan bulla con su tesis principal. La que se despliega y agota en un aullido: «¡Puta León!». Olvidando quienes así gritan que ellos también son de León. Porque la provincia de León existe, naturalmente. Y no digamos la huella histórica de un viejo reino que duró unos cuantos siglos. Y que era tan leonés como asturiano, cosa que a veces se olvida. Y zamorano y salmantino y, en parte, extremeño. Aunque los leonesistas apenas tengan votos fuera de la ciudad de León. Ponferrada es leonesa y los bercianos somos leoneses. No somos gallegos, ni tampoco castellanos, desde luego. Y mucho más lejanos de los castellanos que de los gallegos. Pero sentirse uno leonés no es sentirse leonesista, claro. Somos leoneses y basta viajar a unas decenas de kilómetros de la linde provincial para advertir cómo se disipan las «enormes» diferencias que tanto gustan de resaltar algunos bercianos cuando reflexionan (es un decir) sobre su esencialidad etno-oro-geográfica. Y es que no hay nada más parecido a un señor de Ponferrada, que otro de Astorga o de León. O de Valdeorras, también lo reconozco. Pero ya hay más desemejanzas con un mariñeiro da Costa da Morte. O con un profesor secesionista del Alto Lugo. Ponferrada, como ciudad, cumple cien años. Es una cifra modesta, pero redonda, y está relacionada con uno de los polos de la urbe: la virgen de la Encina, que a su vez representa el pasado más remoto. El pasado de una ciudad que es hija de la ruta jacobea, aunque es muy probable que exista un rastro céltico bajo la fábrica del gran castillo templario. Ponferrada es ese castillo que está ahí, aquel puente que desapareció; ese obispo Osmundo que la fundó. Esa Ponferrada fue creciendo lentamente siglo a siglo. Hasta que llegó la revolución de los ferrocarriles, de las minas y de los hombrones lascivos que iban por las barriadas más oscuras. Esa Ponferrada de los asesinos franquistas, y de los admirables guerrilleros que bajaban del monte, o que la miraban desde sus cumbres. Como si fuera un Eldorado de carbón y de tiendas de ultramarinos. Esa Ponferrada también es del pasado. Y luego está la otra ciudad, la de ahora. Cada día más diferente a la de la postal que muchos llevamos en la memoria. Pero esa nueva Ponferrada está muy concernida por sus dos pasados. El lento y antiguo de tantos siglos, y el vertiginoso del siglo XX. El pasado antiguo está siendo puesto en valor en los últimos años. Con la basílica remozada, el castillo en recuperación; y las plazas de la ciudadela y la calle del Reloj. Ponferrada llega a su centenario con los deberes hechos, más o menos, en su identidad histórica más antigua. Pero le falta resolver el cauce de su otra alma, la industrial y minera, que es la responsable de que la ciudad tenga setenta mil habitantes y no catorce mil. Y para ello está un proyecto sensacional, el de la Ciudad de la Energía. Pero de ese sueño se ha hecho muy poco. Y es imprescindible y justo que eche a andar de verdad. Y si nos podemos beneficiar en ello de que el jefe de gobierno sea leonés, ningún complejo. Todo lo contrario. Es un comportamiento que ennoblece al señor Zapatero. Y aunque está casi todo por hacer, lo que importa es que acabemos teniendo nuestro Museo Nacional de la Energía, y tantos otros empeños prometidos. Yo creo que la Ciudad de la Energía existirá, tengo fe. Pero urge. Para que Ponferrada se ordene en el tiempo y en el mundo. Y pueda ir aún más lejos. Y pueda, sobre todo, vivir un presente más propio, y, a la vez, más universal; más implicado con el resto del país.

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