Ponzoña
«AGUA corriente no mata a la gente», nos decían de pequeños. Ya, fíate, ¡y una polla de agua!, gallineta que le dicen. El miedo corre libre con chanclas de siete leguas por cañerías y traídas. Arsénico lleva la de beber en pueblos de la ribera del Tuerto: biberón con sustancia para la crianza lactante, medicina letal para las entrañas oxidadas del viejo, veneno dosificado para todos. En la patria leonesa de los veinte mil kilómetros de ríos que nos llenan la boca de borbotón nos creíamos en el paraíso de la pureza líquida porque cerramos nuestros nortes con una altísima y maciza barricada montañosa que es media cordillera cantábrica donde se empadronan los cristalinos manantiales o, dicho en poeta cursi, las prístinas fuentes. Ya. No te confíes demasiado en esos manaderos. Fueron, ciertamente, puros y cristalinos porque nadie encima de ellos vivía, estabulaba o meaba, pero desde que inventamos las alcantarillas aéreas a las que vertemos tufos y chimeneas para que corran lejos nuestros gases, pedos y contaminaciones, llueve sobre ellos lo ácido, el veneno en suspensión, la nube tóxica... y la prístina fuente ya tiene su dosis de ponzoña. Y si eso ocurre en los santuarios del nevero inmaculado, en las solitarias alturas alpinas del viejo glaciar, ¿qué no ocurrirá en todas las vegas de arrastre y aluvión a las que el agua de avenidas y escorrentías acaba llevándolo todo?... ¡arsénico!... Pero ¿sólo arsénico?... Ahora la junta untonómica promete analizar las aguas de los mil cuatrocientos treinta y seis pueblos que encierra el aprisco cazurro. Los indicios no son para menos. Y la feliz noticia no puede ser más paradójica y alarmante: ¿es que hasta ahora no se hacían esos análisis?... ¡Quién sabe la porquería que no estaremos bebiendo!... ¿Y conoceremos sin tapujos los resultados de esos análisis, o sea, sabrermos todo lo que lleva el agua, mierda orgánica y mineral, o se limitarán a decir si tiene arsénico o no y «siga usted bebiendo, señor Julián»?... Y ese arsénico ¿de dónde viene?, ¿cuánto es de sustrato natural y cuánto de química humana, de vertidos, fertilizantes o mandangas fabriles?... La mayor debacle medioambiental de esta tierra es que, sin haberse desarrollado industrialmente, hemos desguazado vizcaínamente ríos y manantiales; y mucho es de temer que sea irreversible la fechoría.