CRÉMER CONTRA CRÉMER
Hablemos de Cuba
YA HEMOS CULMINADO la aventura de nuestras elecciones generales, todo lo democráticas que cabía esperar, dada nuestra condición y los muchos años de experiencias contrarias que acumulábamos desde que al general ferrolano, juntamente con otros no menos galardonados, decidieran lanzarse a la calle con sus armamentos y sus genios a flor de piel para enderezar el curso de acontecimientos que, según su altísimo parecer debiera ser impuesto a una sociedad díscola, burlesca y un tanto peleona. Con la España partida en dos -partidos polítcos mayoritarios-, se decía por los años treinta, recordando los versos de Machado el Bueno, no se puede ni siquiera pensar en la posibilidad de alcanzar el grado de pueblo superior al que aspiramos y al que los señores mílites creían poder alcanzar sin grave quebranto. Como suele suceder cuando se intenta gobernar sin otros medios razonables y naturalmente civilizados que las escopetas, la iniciativa militar duró un montón de años y un montón de muertos. Y al cabo de muchas vicisitudes, España probó otras fórmulas. Y en ellas estamos. Bueno, pues con la isla de Cuba pienso que sucede lo mismo, aunque esta vez el sublevado no sea un general sino un paisano estudiante de muchas ciencias, eso sí, para acabar quedándose con la única que le podía valer: la de las armas. Y también venció relativamente y se instaló en la bellísima isla para conseguir la felicidad para sus contemporáneos. Pero como sucede siempre en cualquier otra forma de operación de cambio, los vencedores se quedaron con algo de los vencidos y se produjo la partición de la isla y de los isleños en dos porciones: la revolucionaria y la legalista. Y el padre putativo de los Estados Unidos de América a la sombra por si en el ejercicio se le ofreciera algo con lo que quedarse, además de Guantánamo para cárcel general del mundo o del inframundo. Y así hasta que Fidel Castro, aquel muchacho que con el Che Guevara, destruyó la nación del sargento Batista, pasados medio siglo de resistencias cedió y entregó sus poderes a quien pudiera continuar la historia. También en esas estamos, porque Cuba es territorio tan español que no se concibe sin las gineteras, sin el Varadero, y sin su enorme voluntad de vida común. Y nosotros, no es que tengamos particulares intereses que defender pero nos parece que ha llegado el momento, no del desquite, que el mundo anda sobrado de sangre para no desear la paz, sino el tiempo para la paz, para el entendimiento, para la congruencia entre las palabras resonantes y la libertad. Cuba, ciertamente necesita, exige libertad, pero no la libertad de Guantánamo, no la libertad de los tiranicidas, sino la libertad de los hombres valientes y generosos. Cuando nosotros, los españoles de la conquista y también de la reconquista, hemos cerrado el ciclo democrático de las elecciones, signo inequívoco de una evidente voluntad de ser, estamos obligados a defender, a proteger, a mantener a Cuba y sus destinos. ¡Viva, pues, Cuba, pero realmente libre!