Diario de León
Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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TAL COMO ERA mi obligación y mi devoción, así que conocí el día y la hora en la que había de celebrarse o aventurarse el nombramiento de jefe del Gobierno de la madre España, acudí a la cita. Me preparé un café bien cargado sabiendo que esta clase de ceremoniales no respetan horarios ni resistencias, añadí a mi cómoda butaca de anciano, otro comodín; reiteré a la familia la orden tajante de que no se me interrumpiera, cayera quien cayera y así resultara que el fin de la prueba, los hados infieles impidieran con sus fallos nada propicios, que mis gozos se colmaran. Porque se trataba de la investidura de un leonés, de nuevo José Luis Rodríguez Zapatero, al que debía respeto y admiración política, que es la admiración de más difícil alcance. Y esperaba, como me parecía que esperábamos todos los leoneses, que el candidato a tan alto menester como es el de gobernar al pueblo de tus predilecciones, consiguiera sin esfuerzo, aunque sí con esperanza, las capitulaciones oficiales de obligado cumplimiento, que acreditaran la inclinación de los componentes del Congreso de los Diputados para conceder al leonés candidato el triunfo por el cual había trabajado y se había expuesto. Reunidos todos los acomodos para mejor ver y entender el curso de los discursos de todos cuantos legítimamente estaban previstos, me comprometí sobre todo al seguimiento de la palabra del candidato. ¿Sería candidato triunfante a la primera o habría de resignarse a un segundo pase de ruleta de la gloria a que el resto de los diputados expresaran su opinión y dieran letra y música a los discursos que todos llevaban preparados? Comenzó, de acuerdo con el protocolo, con el titular de la Santa Oposición, el cual, es de el primer momento ofreció una disposición clara de analizador severo de los méritos que avalaban la solicitud del candidato a la Jefatura del Estado y sus glorias y amarguras. Fue un discurso correctísimo, bien trabajado y consciente de los alcances de cada una de sus palabras. Por ellas podía entenderse que los populares no estaban dispuestos a conceder su voto sin que, (se suponía que perseguía algo más que el aplauso ritual) y así que terminó de exponer el repertorio de dudas que le embargaban, fue requerido para la respuesta o réplica oficial del candidato, señor Zapatero y este desplegó tal cúmulo de consideraciones legales para rechazar las impugnaciones de su rival, que el respetable público, entre los que me encontraba, aceptamos todos sus términos y nos consideramos perfectamente ilustrados y dispuestos. Pasados algunos trances impuestos por imperio legal, el leonés José Luis Rodríguez Zapatero será aceptado como jefe de Gobierno y de dispondrá a comprobar con atención, generosidad y espíritu de colaboración, el largo y difícil camino que se le presenta para acometer la tremenda aventura de gobernar que se le ofrece y para cuyo éxito total deseamos al candidato suerte, mucha suerte, vista, mucha vista y mano izquierda. Y aquí vale la oración del puertorriqueño Abel Pacheco: «Hínquese el señor y padrenuestre la tumba de sus abuelos»¿

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