Diario de León

LITURGIA DOMINICAL

Culto verdadero y fraternidad

Publicado por
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

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LAS ÚLTIMAS palabras del evangelio de hoy son de aquellas que tal vez no nos atreveríamos a decir si no fueran del mismo Jesús. El contexto es claro. Son quienes se creen justos porque cumplen las normas (los fariseos), quienes no comprenden que el Señor llame a seguirle a todos, sin exclusiones. A todos, también a los pecadores, incluso a los pecadores con carnet, aquellos a quienes se les considera públicamente como tales. Y la respuesta de Cristo es contundente. Dios Padre no tiene varias clases de hijos, de primera, de segunda o de tercera; ante Él todos somos iguales y, si alguna preferencia tiene, es por los más desvalidos. Tampoco valora la práctica religiosa en sí, sino la que surge de un amor misericordioso que reconoce en Dios a un padre y en los demás, sin exclusiones, a unos hermanos. Jesús no critica el culto, lo que critica es que se practique como algo que sustituye al amor y al conocimiento auténtico de Dios. El que conoce y ama de verdad, realizará un culto auténtico. Pero el que ni conoce ni ama, puede convertir el culto en una práctica que crea que le hace justo, mejor que los demás. Incluso que le cierre a la llamada personal del Señor. Si en todo momento se impone hacer un examen de conciencia, hay que hacerlo con lealtad. Pero sigue siendo cierto que la Iglesia y sus fines no pueden acantonarse en la práctica de la liturgia, la oración y los sacramentos, ignorando a la vez las necesidades del hombre de hoy y constituyéndose en una especie de Iglesia aristocrática, hecha para los «buenos». La Iglesia debe ser lugar de encuentro y de misericordia, de modo especial para todos los maltratados por la vida y por la crueldad humana. En momentos como el nuestro, en que los hombres vivimos enfrentados por divisiones políticas, económicas o religiosas, el gesto de Jesús es luminoso. Es necesario que creemos una comunidad nueva, en la que desaparezcan todos los privilegios, todas las opresiones y odios, todas las clasificaciones, una comunidad en la que todos tengamos los mismos derechos y obligaciones y en la que todos participemos libremente como hermanos. Tal vez sea tiempo para leer o releer la primera encíclica de Benedicto XVI. El corazón y el centro de la liturgia cristiana es la eucaristía, sacramento de fraternidad. En ella hacemos lo que nos encomendó Jesús, la noche antes de padecer. Y en ella nos comprometemos a seguir a Jesús hasta la muerte. La eucaristía es el memorial del sacrificio de Jesús, de un sacrificio en el que se cumple la voluntad de Dios. En un mismo acto, en el acto de su entrega al Padre, Jesús se entrega también a todos. Al celebrar nosotros la eucaristía tenemos que integrar en el culto la solidaridad. Comiendo todos de un mismo pan, damos gracias a Dios y construimos la fraternidad. No es posible lo uno sin lo otro.

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