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UNA plaza de toros cubierta con solideo de chapa es más iglesiona que ruedo, cosa sin cielo, coso de sombras sin brisa, ni sol, ni vencejos, ni moscas, ni uys ni ayes que vuelen al santoral y a las vírgenes con una jaculatoria de indulto para librar al diestro (y al siniestro) de las cuchilladas del cuerno que corta una arteria... ¡Uy... casi! Una corrida con bóveda es puro claustro, un quirófano gigante donde hay fuentes que manan del lomo sangre hecha fiesta y donde puede haber heridas de boca ancha por las que cabe una muerte vestida y un alma en fuga, posibilidad que secretamente aguarda el canalla en su tendido (y, fuera de la plaza, algún piadoso abogado valedor del toro, paladín de la no violencia que se desgañita contra lidias, torturas y matadores con saña). Un toro bizco o maliciado que derrote al bulto asusta, pero complace. Al bicho se le reconoce un sagrado derecho al resabio y a la venganza cuando hurga con el pitón en el muslo buscando la femoral (dejo el escribir; voy a la plaza; hay lidia; la terna no es terna, sino cuarteto de ponces, fandis, talavantes y gaetanos ; sigo a la vuelta). Vuelvo al escritorio. Sudao. La plaza era un abaniqueo continuo y parecían los tendidos un mar oblicuo riendo el agua. Ocho toros se hacen más largos que dos misas seguidas en gregoriano. Corrida de feria, claro, y no feria del toro (apañado y medidito el lote de Zalduendo), sino de saldos en los olés y trofeos, tómbola tirando la casa por los pañuelos y desorejando a todos los bichos. Llevaron orejas hasta los areneros. ¿Será por orejas?... Aquí viene un guapo con tres tapas de yogur y una página del Hola y le dan hasta el rabo. El presidente fue displicente y se sometió a la marea empañolada. El público, incontenido en su entusiasmo de antemano, hubiera jaleado con olés incluso al botijero, si lo hubiera, que es que no, pues los lidiadores ya no clarean con botijo el miedo con polvo que se les hace tabique en la garganta. Los ponces fueron el ballet de siempre y efectista; los fandis, pintureros en banderillas y corajudos; los talavantes, sobrios con elegancia de escuela; y los gaetanos... ¿los gaetanos?... con las bragas en la mano le hubiera abanicado la faena toda la mitad mujer de esta plaza si no fuera esto León. En fin, que salieran los cuatro a hombros (una pasada) tampoco extrañó.

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