Diario de León

EL AULLIDO

Amancio González en Carrocera

Publicado por
LUIS ARTIGUE
León

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AHORA ha sido en Carrocera¿ Acertadamente la Asociación de Estudios sobre la Represión en León ha promovido no sólo el entierro digno de los represaliados por el franquismo durante la guerra civil y la postguerra incivil -he aquí por fin la restitución de la dignidad de las víctimas del lado republicano- sino igualmente ha ideado la colocación perenne en las cercanías de las fosas comunes de un símbolo escultórico que, precisamente, produce memoria... Una imagen resume mil palabras¿ Cada escultura en honor a los muertos va incluso más allá de aquello que escribió Max Aub: «existe una dignidad que sólo conocen los vencidos». La conmovedora escultura de Carrocera, poema en piedra, muestra, alrededor de un círculo de postes de hierro con el nombre de cada uno de los muertos en su base, la figura de un hombre maniatado que aparece de espaldas con la cabeza formando parte del frontal muro del miedo: encima de ese muro hay varias calaveras con un tiro en la frente. Pero no es sólo reseñable la emocionante personalidad de esa escultura, una de las más comprometidas obras del leonés Amancio González Andrés, sino igualmente el hermoso entorno en el que el monumento está situado, frente a la montaña, junto a un pozo y al lado de la carretera como en el primer libro de nuestro querido Antonio Pereira, Una ventana a la carretera. Situado ahí, ese círculo de postes que encierra la escultura recuerda un poco a uno de los siete enclaves mágicos del mundo, el inolvidable monumento megalítico de Stonehenge (Inglaterra). Les cuento: Uno se acerca, al caer la tarde, a las inmediaciones de esta escultura dramática, y el cielo malteado parece aderezarse para el momento de la contemplación. Ya, al llegar, notamos como el parabrisas del coche aparcado brilla igual que si fuera la gabardina de un ángel. La explanada, en esa hora incierta, añade más misterio al círculo de barras metálicas que se alzan como dones perennes en medio de este verano negligente; de este verano hecho con colores derretidos y virutas de luz¿ En la bases de las barras los nombres de los asesinados brillan como corazones. Caminamos alrededor del monumento como si fuera suelo santo, leemos algunos de los nombres bajo los que sus familiares han dejado flores, y pensamos en cuán corrosivo puede llegar a ser el odio. Oh, igual que una mecha ahogándose al ser tapada por un vaso, el atardecer se diluye derramando destellos sobre la escultura, al tiempo que yo, imbuido por cierta energía atávica, me siento plenamente yo, plenamente sustancia de poema, mientras pongo las manos sobre la contundente figura marmórea... Y lo hago así, ceremoniosamente, como si nadie pudiera requisarme ya la paz¿ Mientras el sudario de la tarde va perdiendo su color. Y entonces, tras comunicarme con la piedra y sus mensajes mediante las palmas de las manos, cierro los ojos y repaso y renuevo la jerarquía de mis emociones más hermosas. Así hasta que irrumpe, como la flor del tifus en el pecho de cierto niño rubio, la noche. Noche azabache. Noche ágata¿ El quinqué de petróleo de la noche estrellada, y yo escribiendo este artículo que poco a poco se me concierte en poema¿. Escribiendo, como un animal prehistórico que se resiste a extinguirse, algo para que la vergüenza se trasforme en memoria. Somos más que nuestras heridas», escribió ayer Eduardo Aguirre en este mismo periódico y yo lo suscribo, pero, como también dice un poema de Eugenio de Nora: «no debemos olvidar./ Nada queremos/ que borre el tiempo en nuestros corazones ¿ La escultura de Amancio González, planteada sin revisionismos ni revanchas sino sólo en contra de la criminalidad y a favor del espíritu humano, se inserta no en el estricto olvido ni en la memoria forzosa. Más bien suscribe aquello que escribió Víktor Frankl: «Necesitamos ir en pos del futuro: ni el olvido ni el recuerdo son deseables cuando son absolutos». En fin.

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