LITURGIA DOMINICAL
¿Ganar para perder y perder para ganar?
EL RELATO EVANGÉLICO de este domingo es la continuidad del relato del domingo anterior. Hoy Jesús nos recuerda cuál es la lógica, cuáles son las matemáticas del Reino de Dios que anuncia y predica con su palabra y con su vida. Pedro no entiende las palabras de Jesús, como seguramente tampoco nosotros acabamos de entenderlas y, sobre todo, de aceptarlas. Nos sigue gustando más la gloria que el sacrificio, el pasarlo bien que el vivir para los demás, la comodidad que la renuncia. Es más; probablemente en medio de nuestra sociedad y en no pocos de los cristianos, palabras como las anteriores (sacrificio, autoexigencia, ascesis, renuncia a todo lo que nos separa de Dios y de los hermanos...) son palabras, por desgracia, sin demasiado sentido y valor. Buscamos una vida sin problemas, sin «puertas estrechas» ni caminos difíciles. El gran maestro de fe y de vida que fue san Agustín comenta este pasaje y nos deja unas hermosas consideraciones: «Un hombre me pregunta: «¿Cómo se niega a sí mismo quien se ama?» Pero el Señor responde a ese tal: «Si se ama, niéguese». En efecto, amándose a sí mismo se pierde y negándose se encuentra. Quien ama -dice- su vida, la perderá. Lo mandó quien sabe lo que ha de mandar; porque sabe aconsejar; quien sabe instruir y sabe cómo reparar quien se dignó crear. El que ama pierde. Es cosa triste perder lo que amas; pero a veces también el agricultor pierde lo que siembra. Arroja el grano, lo esparce, lo tira y lo cubre de tierra. ¿De qué te extrañas? Este que así lo desprecia y lo pierde es un avaro a la hora de la cosecha. El invierno y el verano muestran lo que hizo: el gozo del que cosecha te manifiesta el propósito del que siembra. Por tanto, el que ama su vida la perderá. Quien busque fruto de ella, siémbrela, no sea que amándola perversamente la pierda. No hay nadie que no se ame a sí mismo; pero hay que buscar el recto amor y evitar el perverso. Quien se ama a sí mismo abandonando a Dios, y quien abandona a Dios, por amarse a sí mismo, ni siquiera permanece en sí, sino que sale incluso de sí. Sale desterrado de su corazón, depreciando lo interior y amando lo exterior. ¿Qué he dicho? ¿No desprecian su conciencia todos los que obran mal? Quien respeta a su conciencia, pone límites a su maldad» (Sermón 330). Jesús no es el Mesías del triunfo y del poder. En efecto, no liberó a Israel del dominio romano y no le aseguró la gloria política. Como auténtico Siervo del Señor, cumplió su misión de Mesías mediante la solidaridad, el servicio y la humillación de la muerte. Es un Mesías que se sale de cualquier esquema y de cualquier clamor; no se le puede «comprender» con la lógica del éxito y del poder, usada a menudo por el mundo como criterio de verificación de sus proyectos y acciones. Jesús, que vino para cumplir la voluntad del Padre, permanece fiel a ella hasta sus últimas consecuencias, y así realiza la misión de salvación para cuantos creen en él y lo aman, no con palabras, sino de forma concreta. Si el amor es la condición para seguirlo, el sacrificio verifica la autenticidad de ese amor.