Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

A España le cogió el toro

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VICTORIANO CRÉMER
León

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TODAVÍA NO ES PARA ABOMINAR por la violencia taurina y proponer su eliminación del censo de fiestas nacionales. Sencillamente nos queda resignarnos y, claro es, tirar de la cadena, que ya vendrán tiempos mejores y como para levantar los ánimos decaídos del personal de tercera, registramos la anotación que los lectores del país han tenido ocasión de atribuir al jefe supremo: «El inquilino de la Moncloa sigue con su mismo optimismo antropológico del comienzo del gran ensayo gubernativo». Lo que efectivamente ha contribuido en gran medida a la serenidad, a la relativa complacencia y hasta a la colaboración popular que esta actitud generosa ha suscitado en la grey electoral. Con la mano puesta en los sagrados textos, juramos o prometemos, según sea quienes nos tomen la lección seguir como hasta el presente, solicitando, eso sí que los dioses del Olimpo, olvidando las vicisitudes por las cuales hayan podido pasar los esforzados representantes deportivos en China, nos ayuden a superar las gigantescas montañas de temor que se nos aseguran para el futuro. Pero lo de que a España le ha cogido el toro, ya no tiene posible discusión ni análisis. Y se nos impone la pregunta tremenda que naturalmente interesa e importa grandemente al futuro que cualquier domingo de verano y final de los chapuzones en el Cantábrico: ¿Importancia de la situación política, después del último cambio de ministeriales? ¿Incompetencia del maestro? ¿Estado de la borrasca en los territorios del Caribe? ¿Decadencia de la llamada fiesta nacional? Posiblemente no se trate de lo uno ni de lo otro, sino de todo lo contrario: Tal vez sea mera ignorancia, vanidad y cambios obligados. Lo cierto es que nos encontramos en la línea sensible de la frontera, ya convencidos de que lo que nos sucede a nosotros no es un golpe de desaceleración sino un estado de crisis como la copa de un pino, de la cual todavía no se sabe cuándo ni cómo vamos a dominar la situación. Seguramente, tal vez, se trate de una cuadrilla incompetente o de unos planes de sainete de Arniches. Y no le queda al señor Solbes sino al modo de José Tomás, apretarse el toro a la cintura, cargarse a todos los inútiles que pululan en torno a la fiesta o deiInvenciones de los listos de la plaza, sin autorizar el juego lúdico del toro, de moros y cristianos y de una nueva renovación del equipo, antes de que el torillo bravo, nos coja a todos por la taleguilla y nos mande a la enfermería, una vez más con la esperanza de que baje Dios y lo vea. Porque es el momento de descubrir que la política taurina en general y en barrera no es la que mandan los textos, ni al paso que acudimos a los buenos aficionados que nos sepan perdonar nuestras muchas faltas, nos quedemos sin todo, sin aficionados y sin aquello del curso de estética taurina de que hablaba el crítico. «Aquello no fue torear, fue otra cosa. Fue marcar con la roja percalina todo un curso de estética taurina» Y mientras, pasa la borrasca, ¡Viva Pérez de Guzmán!

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