LITURGIA DOMINICAL
Lo inseparable en la fe cristiana
COMO EL DOMINGO pasado, siguen queriendo poner a prueba a Jesús. La respuesta de Jesús ha pasado a lo nuclear de la fe cristiana: el amor a Dios y al prójimo. El mismo Jesús matizará después, cercana ya su Pasión, la expresión: el amor al prójimo no es sólo como a uno mismo, sino al estilo del amor que el mismo Señor nos tiene. Jesús, a diferencia de los judíos, no separa ni pone en distinto nivel ambos mandamientos: el amor a Dios es inseparable del amor al prójimo; incluso podríamos decir, siguiendo a san Juan, que es precisamente la prueba que verifica la autenticidad del amor a Dios. Dice san Agustín: «Los preceptos son, por tanto, dos; tres, en cambio, los objetos del amor. Se han dado dos preceptos: ama a Dios, y ama al prójimo; sin embargo veo que se han de amar tres realidades. Pues no se diría: y al prójimo como a ti mismo, si no te amases a ti mismo. Si son tres los objetos del amor, ¿por qué son dos los preceptos? ¿Por qué? Escuchadlo. Dios no consideró necesario exhortarte a amarte a ti mismo, pues no hay nadie que no se ame. Mas, puesto que muchos van a la perdición por amarse mal, diciéndote que ames a tu Dios con todo tu ser, se te dio al mismo tiempo la norma de cómo has de amarte a ti mismo. ¿Quieres amarte a ti mismo? Ama a Dios con todo tu ser, pues allí te encontrarás a ti, para que no te pierdas en ti mismo. En consecuencia, ama a Dios y ama al prójimo como a ti mismo. Veo que al amar a Dios te amas a ti mismo. La caridad es la raíz de todas las obras buenas. Como la avaricia es la raíz de todos los males (1 Tim 6,10), así la caridad lo es de todos los bienes. La plenitud de la ley es la caridad. No voy a tardar en decirlo: quien peca contra la caridad, se hace reo de todos los preceptos. En efecto, quien daña a la raíz misma, ¿a qué parte del árbol no daña?» (Sermón 179). Y es que el gran problema del hombre es poder amar, y no ver en Dios un Dictador, en el prójimo un rival, en la naturaleza un enemigo, en la propia historia un desastre, en la vida «un rollo». Toda competencia o discusión entre la importancia de amar a Dios y amar al prójimo, es irreal y farisaica. El gran problema, el problema radical que el hombre ha de descubrir y afrontar, es su escasa capacidad de amar. Cada día siente la tentación de pensar que Dios le lima la libertad, que el prójimo es enemigo o despreciable, que su yo sólo puede envidiar a los otros, que su trabajo es un asco, que su vida es inaguantable. Lo que el hombre necesita es descubrir la raíz y la fuente del amor, porque si quiere vivir tendrá que amar y tantas veces le resulta imposible. Y la raíz del amor no es la innegable buena voluntad humana, que tropieza siempre en la misma piedra: en lo desagradable, en lo que hiere, en el enemigo. El Amor nace de Dios: de verse cada día querido y perdonado de Él en la propia miseria, y llamado además a ser hijo. El amor no lo producimos; se nos da. Y cuando se recibe, se expande en toda dirección: Dios, hombres, naturaleza, vida. De esta manera los cristianos vamos construyendo un mundo en el que las inevitables diferencias de clase, de raza, de economía y de religión no separarán más a los pueblos, sino que serán un lugar de encuentro, de vida y de paz.