CORNADA DE LOBO
Ahí está
ESPIGA, palma y martillo. Puestos juntos, fueron el símbolo de lo vertical sindical, aquel viejo truco de Franco para meter a patronos y obreros en el mismo cesto de grillos mudos, socialismo nacional le decían, o sea, nacionalsocialismo, camaradas se llamaban entre sí los dirigentes (y compañeros se dijeron después algunos dando sólo un saltito). Tallado en piedra, ese escudo sindical presidió el patrimonio inmueble de la organización sindical, cada edificio, y en esta ciudad el suyo, la sede, haciendo chaflán y mirando cuadradote a la avenida de José Antonio y a su catecismo falangista todo el rato. De hecho, las banderas que ondearon en esta sede leonesa fueron la de España, la de Falange y la requeté (blanca con aspa roja astillada) hasta que murió el Claudillo (fue un «yo, Claudio» por tariles). Hoy, en el mismo sitio, hay tres banderas también, pero ahora la requeté es la de León y la falangista de la yunta untonómica ; o vicelaberza, quién sabe. Sobre ellas sigue en su voz de piedra el viejo escudo sindical. Nadie borró su ostentoso relieve, ni nadie se incomoda por ello, pese a que bajo él entren cada día por esa puerta los dirigentes provinciales del sindicalismo que estranguló Franco, o sea, todo el aparato de la Ugeté y Comisiones que aquí tienen su sede, como bien alto lo pregonan los espantosos letrerotes de esa fachada, pedazo plasticorro ostentoso y chirriante, pues parecen hechos a imagen y semejanza de los rótulos luminosos de cualquier nave choricera de polígono provinciano. En medio de esos rótulos sigue plantado el escudo de marras, esa justicia sindical. Si a ellos no les espanta, no seré yo quien se haga cruces. Me da lo mismo que siga ahí o lo hagan cascote. Casi nadie recuerda ese símbolo y su filiación, ni parece escandalizar, aunque quizá alguien quiera ahora ofenderse, apuntarse a fulminarlo y pedirse trofeo o medalla. No estaría mal que siguiera ahí como recordatorio de la leche sindical que mamó este país, esa vertical que nos precedió instruyendo y de la que hay que huir como gato escaldado porque a veces parece que sigue colándose por esa puerta del brazo de componendas sindicales, repartos o clientelismos. El barullo de esos pasillos y el despacheo funcionarial se me parecen no pocas veces a lo de antes.