Aire horneado
POSTAL vieja de texto borroso, letra muerta: Llegando estas vísperas, se perfumaba la cocina con el aire tostado de las frutas de horno, pastas y sequillos, galletas de nata duras como suela de coturno... y madalenas (nadie dice magdalenas, no corrijas). Se acopiaba la dulcería para las fiestas que ya están encima, se metía después en cajas o latas y se colocaban muy alto o escondidas para librarlas de la rapacería rapaz y de los rapazones crecidos que merodeaban por el campo de maniobras
, sisando, pesquisando el escondite y saliendo por pies.
La cocina en estas fechas era por las tardes un trajín y un sofoco de fuego atizado, bendito sofoco de gloria celestial, pues nada más salir de entre fogones, el zaguán era la nevera; el corral, una helada sentada; y la calle, un ventisquero. Aquella cocina se transfiguraba estos días en obrador y ya no olía sólo a costumbre (efluvio de potaje perpetuo y lejía de fregar suelos y chapas), sino a esa brisa de fábrica de galletas que hace ensimismarse, cerrar los ojos y lanzar un bocado al aire.
La cocina, entonces, eras una cháchara atropellada, poblada como estaba por todo el mujerío de la casa, más las allegadas, parentela del sitio o alguna vecina. Y resultando que las botellas de anís o de orujo andaban de guardia en mesa y trébede para propinar con su preceptivo chorrillo la masa de pastas y sequillos, alguna copita que otra va engrasando el coleto y animando a las damas que acusan al horno de sus mejillas coloradas. Parecían pasárselo bien; en el fondo... y en las formas, porque la cocinas de invierno era al fin y al cabo una escuela con algarabía de vacación; y el pupitre, una mesa matancera (de dos cajones: uno con cubiertos, servilletas y rodeas; el otro, con lo inverosímil, cacharrería, cordeles, papelotes y todo eso inútil que guardamos por si acaso), mesa sobre la que se iban colocando a enfriar lo que salía del horno, junto a las bromas y chismes que también se horneaban, aunque tardaban más en enfriarse.
Por unos días, oh milagro, se llevaban bien nueras, cuñadas, suegras y rapazas no haciendo necesario aquel refrán que suena muy leonés y que invocaba el abuelo de mi madre para definir o demandar la paz doméstica: «
» (y ahora me dirán machista).