Diario de León
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León

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ATRACADORES, cabronísimos, estafadores, luiscandelas, desalmados, salteadores, bandoleros, esquilmadores, buitres, putos, corsarios, sinvergüenzas, fusileros, despiadados, jetones, delincuentes, ladrones, carroñeros, tragones, miserables, vampiros.... No se habla aquí de los estafadores de las altísimas finanzas y del tocomocho con caviar y diamantes (truco del piramidón: tocaban con el ciruelín el piano del enriquecimiento veloz y les cayó la tapa encima de los huevos, uy, con lo que duele). No. Son estos los venablos e improperios que quedaron sembrados como sal en la autopista del Huerna donde seiscientos vehículos se vieron atrapados por el rabo en una ratonera blanca, gólgota nevado, horas y horas, día perdido, nervios trillados, angustia congelada... y, tras ser liberados de su secuestro por el temporal, tuvieron que aforar el peaje preceptivo, trabucazo al canto, sin duelo, pague usted su cárcel. Los cosechadores de insultos -y los que aquí se entresacaron son sólo una muestra- siguen atropando de esas cunetas cestos y cestos de cagamentos que aún rabean.

Si los automovilistas hubieran llegado a tiempo a casa, habrían visto en la tele un modo de proceder «procedente» cuando en el peaje les atizaron la boleta; hubieran visto cómo un periodista iraquí, que se parece al Follonero, le lanzó a Bush sus dos zapatos con una precisión diabólica, como si fuera un pitcher de béisbol (y Bush, un catcher con cintura en el pescuezo); así que en vez -o a la vez- de pagar, le habrían tirado un zapatazo a la cabina del recaudador.

Esos zapatazos al presidente de los Estados Unidos de Norteamérica del Norte se han convertido ya en una de las imágenes que se perpetuarán en el tiempo, en los youtubes y en la celebración escojonada de medio mundo. La bandera de barras y estrellas se enarbola ya en todas las musulmanías con un zapato colgado de ella.

No sería nada extraño que el Pentágono reciba una orden última de Bush antes de abandonar la Casa Blanca para que sean considerados los zapatos musulmanes como armas de destrucción masiva y que, a partir de ya, se haga con los periodistas lo que se exige en los aeropuertos, que se quiten los zapatos y que comparezcan en las ruedas de prensa descalzos, que también los zapatos los carga el diablo.

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