Diario de una aventura
¡Salvados por un témpano!
Estamos orgullosos de esta aventura, dura, pero maravillosa; ahora descansaremos en Ushuaia y después embarcaremos en el velero «Austtralis» rumbo a la Antártida
Hola amigos, no os voy a desvelar cómo termina esta aventura de expedición hasta el final de esta crónica. Pasamos la noche escuchando ruidos del hielo por todas partes. Era como estar en mitad de un frente de batalla. Amanece muy pronto pues en estas latitudes sólo hay un máximo de cinco horas de noche. Caminamos por un sector del glaciar lleno de grietas que están todas cubiertas de nieve. Luis Turi comete el típico error de principiante: se pon e a atravesar la grieta por encima de la nieve y de repente se hunde hasta la cintura y no sigue cayendo porque en el último momento clava su piolet en el borde y se salva por los pelos. Un error frecuente que él mismo asimila.
Nos acercamos después de cuatro horas al obstáculo número tres y las fotos no engañan. Las grietas son claras en la foto y en la realidad son más grandes de lo que esperábamos. No encontramos salida por el glaciar y tenemos que dirigirnos al borde lateral izquierdo según nuestra marcha suroeste. Tras descansar amanece lloviendo y nevando y la temperatura desciende mucho. Hay que continuar porque hoy llegaremos al obstáculo número cuatro y último para resolver este galimatías. Es la salida del laberinto y la conclusión de la travesía inédita que nos ha traído hasta aquí.
Los bloques de hielo alcanzan treinta metros de altura y está claro que a través del glaciar no hay paso. Sólo queda una última solución, pero es casi una quimera: intentar ir progresando por los témpanos que flotan en la laguna que se ha formado en la salida de la estrechez. Alcanzamos a ver muchos témpanos, pero no sabemos si llegarán a conectar con el otro lado de la laguna, donde está nuestra salvación.
Ya pensamos en pedir ayuda a las autoridades y solicitar un helicóptero, pero esta medida a la desesperada sería muy compleja. Nada, no hay paso. Regresamos al punto inicial. Fijamos la vista en un gran témpano más alto. Hace un frío espantoso, no podemos equivocarnos, si caemos al agua con la mochila, crampones y piolets nos iríamos al fondo por el excesivo lastre.
Hay mucha tensión. Kike decide apostar más y salta cada vez a témpanos más pequeños, amenazando con irse al agua en cualquier momento. Como es consciente del peligro se quita antes la mochila y saca de las muñecas las dragoneras, por si cayera al agua, de este modo al menos no se iría al fondo. Este riesgo que acepta le lleva cada vez más lejos y todos esperamos desde lo alto del témpano grande si regresa con buenas noticias. Lo hace y nos comunica que podemos avanzar hasta un punto en el que nos acercamos mucho a la orilla de lago.
Cada vez estamos más cerca de la costa, sube el ánimo, parece que lo vamos a resolver, hasta que de repente llegamos a un punto donde se terminan los témpanos y estamos a veinte metros de la costa. ¡Sólo quedan veinte metros y ya no hay más hielo!. Es terrible. ¿Y ahora qué?. ¿Nadamos hasta la costa?. No podemos: es demasiada distancia en un agua helada. ¡Ya está!, dice alguien: ¡Naveguemos en un témpano de hielo! ¡Coño, qué gran idea!
Buscamos un témpano flotante con el tamaño idóneo para manejarlo. Lo encontramos, en forma de pera. Conseguimos arrástrarlo y ahora queda lo más difícil: darle un fuerte empujón con uno de nosotros encima y si alcanzamos la orilla hay que fijarlo para establecer una especie de ferry que manejaremos a nuestro antojo con las cuerdas.
Hacemos las maniobras pero el témpano-barco se desplaza lentamente y va perdiendo fuerza, parándose en mitad del canal. Esta vez el empujón es más fuerte y el témpano barco se acerca a la costa: diez metros, cinco metros, cuatro metros y ¡pun!, chocamos con algo. Tocamos fondo. Tengo que pensar algo rápido. Veo una roca, pero está llena de líquenes; saltar ahí es casi garantía de irte al fondo. Pero lo hago. Cojo dos metros de carrera, apoyo mis crampones en el mismo borde y salto al vacío. ¡Lo consigo! me agarro como puedo. Ya está, fijo una cuerda y el témpano está controlado. El Ice Philos , así lo bautizamos, nos puso a todos a salvo en la orilla. Alucinante.