Diario de León

CORNADA DE LOBO | PEDRO GARCÍA TRAPIELLO

De mono y mona

Pedro García Trapiello

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ALGO o mucho de lo que habitualmente hacen los monos, nuestros padres los simios, sigue ejecutándolo la especie humana al pie de la letra (o al pie del piojo); concretamente, cierto aseo corporal que recuerda a ese atildarse de los primates que consiste en despiojar al otro o mesarle la pelambre... qué bonito pelo tienes, carabí, qué bonito pelo tienes, carabá, ¿quién te lo peinará?, carabirulí, carabirulá...

Si no te durmieras con los documentales de la Dos sabrías que cuando un mono despioja a otro mono o a una mona (a saber con qué intenciones), suele pillar a los bichejos parásitos por las cresta y se los va comiendo uno a uno, ozú qué agco, o sea, que a la vez que desparasita al tronco o a la colega se propina una tapita piojera que le debe saber a morcilla babiana por la cantidad de sangre y sebo que esas miasmas ya han engullido en su rechupe.

A cualquiera le da repugnancia ver comer esa cosa, pero insectos parecidos y más raros se sirven en restaurantes exóticos de Méjico, Indonesia o Australia con leñazo en la factura y un montón de hormigas tiesas en el plato... o escorpiones fritos, que les chiflan. Y que nadie aquí se ponga asquerosito, pues todos nos hemos comido nuestro moco seco, cazcarria de napia hurgada, gominola saladita que de críos nos sabía deliciosa y valía para matar gusa o aburrimientos.

Ese rasgo de primate aseador lo conservan aún no pocas mujeres en su irreprimible manía de reventar espinillas a su gente más cercana, especialmente si se anda enamoriscada. Es un rito de cercanía e intimidad y es universal la cosa, aquí y en la China Popular. Pero los tíos jamás lo hacemos. Nunca se vio a Joserra destriparle puntos negros a su novia (también es cierto que muchas veces ni se los vería bajo el estuco espeso del maquillaje).

Pero cuando ya no te saquen espinillas, ponte a temer... o a temblar: o se las están sacando a otro o se lo están pensando o les gustaría.

Es el simio de nuestro código genético... y lo enseñaríamos otro millón de años, si al hombre no le quedaran tan sólo quinientos para desaparecer del Planeta tras haberlo desguazado todo... y tras abrir las puertas a otros bichos más pequeños que el piojo y que no hay forma de pillar por la cresta, los virus, ese verdugo que nos aguarda.

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